Jam Session

Política, literatura, sociedad, música

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En plena incertidumbre general, y de la particular mejor no hablamos, tratando de no perder la sonrisa...

06 abril 2008

Bisoño lector de periódicos.

Me gusta leer periódicos; lo habrán comprobado. Me gusta escandalosamente, aun a costa de dedicarle más tiempo del que debería. Desgraciadamente nadie tiene completa libertad para disponer de su propio tiempo, y esto lo convierte en un bien excesivamente caro, valioso, y, por tanto, un bien del que deberíamos tener muy claro su aprovechamiento antes de malgastarlo. El tiempo es uno de los bienes de mayor importancia que tenemos y, también, más escasos. No es descabellado afirmar que consumimos por igual, y al unísono, tiempo y vida. El problema latente se hace obvio cuando observamos que en esa gran operación aritmética que es la vida, se incrementa el sustraendo a costa de un cada vez más disminuido minuendo.

No quisiera pecar de cenizo en esta incipiente primavera de cuyos taumatúrgicos efectos ya dan cuenta esos primerizos brotes verduscos, sino todo lo contrario; les animo a que aprovechen lo mejor posible su tiempo: paseen, salgan de fiesta, hagan deporte, queden con amigos y charlen, ¡lean!...parece increíble, pero no saben la cantidad de gente que no sólo menosprecia este Arte –sí, Arte con mayúscula- sino que lo desconoce.

Yo mismo, la verdad, no siempre he sido un buen lector; y ni tan siquiera lector. Cuando uno es más joven siempre encuentra una disculpa para no acercarse a esos objetos llamados libros que, muchas veces, sólo sirven de ornamento en los anaqueles de un mueble de salón. Y tampoco leía periódicos; me parecían largos, aburridos, indescifrables…

Mi primera tentativa en la lectura de un periódico, fíjense y no señalen con el dedo, fue en primero de carrera. Digo tentativa porque mi lectura fue en primer lugar a las páginas deportivas, de ahí pasó al tan recurrido horóscopo y en último término a la programación televisiva. ¿Política? No, por favor, por quién me toman. Aunque siempre he tenido voz de picueto con ribetes de sabiondo –claro que peor es quien tiene esos mismos ribetes y no tiene nada que ofrecer- la política me parecía algo soso, desabrido e ininteligible. Aun así, siendo apenas un retaco, me esforzaba por imitar, se me eriza el vello, a don Felipe González. Ese hombre de cara amplia -dicho, igualmente, en amplio sentido-, de alabada tanto como mendaz retórica y de chaqueta y pantalones de pana. Eran los tiempos de los socialistas de pana, como hipocorísticamente los denomina el inefable Raúl del Pozo. Y en mi casa, que siempre han sido muy de derechas de toda la vida (aunque lo parezca no hay pleonasmo), no sabían si tomarlo a chiste o a desgracia, pues todos creían que iba a ser médico; incluso yo lo creía, hasta que al despertar del sueño vi mi nombre estampado en el título de la licenciatura de derecho. Qué le vamos a hacer, lo bien que iba a sonar “doctor Suárez” y, más aún, lo bien que le iba a quedar a este moreno guapo la bata blanca…en fin.

Fíjense en lo que ha derivado mi primera lectura de un periódico. La segunda ya fue otro asunto, claro; me atreví, incluso, con sus crucigramas. Tendrían que pasar varios años, y llegar a quinto de carrera, para leer en serio y de modo completo un periódico. Ya ven. Mi dilecto profesor de Filosofía del derecho, que tiene este fantástico blog, nos inoculó a unos cuantos y a mí esta fiebre lectora y escritora cuasiperiodística. Hay periodistas que se quejan de la proliferación de blogs en la red. Se quejan porque ya no tienen el monopolio escritor, y porque ya escribe cualquiera. Y no solo eso: además de escribir cualquiera, existe la posibilidad de ser leído por cualquiera. Es decir, la llegada de la democracia.

Aunque lo más sorprendente a esas alturas de mi vida, fue descubrir en los periódicos las inquietantes y adictivas columnas de opinión; columnas, que hasta ese momento había soslayado deliberadamente. Y si por un casual de esos raros e inextricables que tiene la vida osaban mis ojos caer sobres las mismas, enseguida desistía del empeño. Ni entendía ni me interesaba lo que contaban. Incluso ahora mismo, me sigue sin interesar su contenido. Sólo me fijo en la forma, en el estilo, en la literatura; en el Arte, a fin de cuentas. Porque al final, uno termina escribiendo tal y como es. Y si nos gusta un estilo, lo más probable es que nos guste quien está detrás del mismo. Por eso me gustaba tanto Francisco Umbral. Paco era Arte, no podía ser otra cosa; y es improbable que los periódicos vuelvan a contar con alguien de su nivel estilístico, desde luego. Actualmente la prensa cuenta con plumas de nivel como Ignacio Camacho, del ABC, de quien se ha dicho que es heredero de Quevedo o Arcadi Espada, de El Mundo, más afín al estilo de Pla o Camba; hay muchos más pero, sin lugar a dudas, estos son mis dos columnistas preferidos: el arte y el sentimiento frente a lo intelectual, lo sublime. La vida misma.

Reminiscencias: “un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincia, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara”. J.L.Borges.