Jam Session

Política, literatura, sociedad, música

Correspondencia: fjsgad@gmail.com
Mi foto
Nombre:
Lugar: León, Spain

Licenciado en Derecho. Músico. Lector empedernido. Por si fuera poco: me gustan las mujeres. Quizá demasiado. Actualmente, soy opositor.

19 diciembre 2011

Veo, veo

Como estamos en época de bufanda, sopa caliente, y rico calor hogareño, aparece en la tele con un traje liso y gris, así como ceniciento, aunque, eso sí, se intuya recién planchado. Lleva esos zapatos acabados en pico de buena pata tan de moda entre señoritos, aunque la vista no aclare si ha optado por el cordón, la hebilla, o el mero zueco. Desde luego, son manifiestamente negros. Como sus designios. De ademanes tranquilos, reposados, y ciertamente elegantes, cuando de sus labios brotan las primeras palabras uno no sabe qué decir, qué pensar, ni, por supuesto, qué demonios hacer. Transmite todo lo contrario a lo pretendido por sus gestos: tan necesitados de una auditoria de imagen. Y sus manos, demasiado grandes para disimular la impostura, no esconden una planificada, y casi pueril, pedagogía. Mira de frente a la cámara, con valentía y honestidad, con transparencia y rigor, con profesionalidad. Y el paso de los minutos le da un cierto aplomo nada teatral. Se gusta, siente dentro de sí un gran contento, e incluso se regodea: con el evidente riesgo de dejarnos a todos a medias. No obstante, dice lo que tiene que decir: pues esa es siempre la única lección aprendida. Y al final se despide, correcto y educado, agradeciendo la atención prestada de un auditorio bastante indeterminado. ¿El político? Quiá: el hombre del tiempo.

06 diciembre 2011

Ni concierto

La izquierda manosea: no existe diferencia entre Intervención y Golpe de Estado. Y se hace sus preguntas, con su habitual, e Internacional, tono minero: ¿es que no van a reaccionar los pueblos? Preconizan, puños en alto, frente a Libertad, mayor Regulación: se evitarían excesos de sistema viciado y perverso. Ahorrar, es no crecer: por eso cuando MAFO hacía de edecán al abuelo cebolleta se cargaron con tanto gusto, y no poco discernimiento, la necesaria estabilidad presupuestaria. La pequeña reforma constitucional, supongo que en recuerdo de Francisco Umbral y el señor que casi se desglosa, implicará en adelante que los experimentos se realicen sólo con gaseosa. Además, la nueva fórmula europea vaticina abstención a cenas de gorrones no invitados. Pactos ad hoc, e in extremis, con voluntad reformadora, regeneradora, ejemplificante: prisas y coyuntura no pueden traer bajo el brazo un pan demasiado bueno. El río revuelto beneficia a menudo a los mejores: ah, la calidad del momento. Por mera experiencia: que en un futuro la voluntad de permanencia se troque revisable. ¿Y qué decir de las Agencias? Invento capitalista alumbrador de criaturas discutibles, juicios temerarios, y siempre invocando ese a beneficio de inventario. Pero la hija del pastor protestante, y el marido agrio, ya ha dejado claro que aquí las presiones las impone solamente ella. Y el señor con complejo de bajito, no dice nunca ni esta boca es mía: se supone, claro, que porque todo esto le interesa. Y en este panorama oscuro, turbulento, y varios puntos desconcertante, la gente se pregunta: ¿políticos o tecnócratas? Menos en España, claro, donde nos sobra mucha siniestra: tomamos calles, nos representan sindicatos, y la estirpe de la Pasionaria promete bulla, calor, y llantos.

Y es que como comprenderán, sobre todo en estas circunstancias, toda ayuda es poca.

05 diciembre 2011

Sacudiendo el óxido


Nunca es tiempo para escribir, lo que verdaderamente falta. Sino la tranquilidad de espíritu suficiente para pensar. Al menos, algo que no haga indigno el verbo utilizado.


***


Literatura en la playa


15 noviembre 2011

To live

Youtube tiene estas sorpresas. Año 1986. Un caballero sostiene un muchachito en sus brazos. De fondo, se ve a un hombre y, a su lado, varias boinas que pueden hacer pensar a una mente espabilada que debajo de ellas haya más hombres. Además, hay posibilidades de que la escena transcurra en un pueblo. Y no en verano, precisamente. Al atento señor que sostiene la criatura se le ve contento. Tal vez, incluso feliz. No en vano, está sujetando a su hijo. Aunque prefiero centrarme en el jovencito. El niño parece que tiene una mirada despierta. Y su semblante es sereno, sosegado, tranquilo. Probablemente, se esté preguntando que hace un chico como él, en un lugar como ése. En cualquier caso, es de buen conforme. O al menos lo parece, claro. No tiene cara de ser malo, porque ningún niño lo es. Pero la verdad es que tampoco parece demasiado travieso. E incluso podríamos afirmar que se trata de un chavalito bastante guapo. Aunque ya sé que eso no tiene importancia teórica en esta sociedad cargada de grandes valores y enormes intenciones. Hace unos días, comentaba en una cafetería algo que había leído en un libro hace mucho tiempo, y que me había llamado profundamente la atención. Según el mamotreto, los antiguos creían que toda criatura ya guardaba gran parte de la persona, del ser humano que sería el día de mañana. Y yo, qué quieren que les diga, también lo creo. No sé, y no sé si lo sabré algún día, si recibimos mayor influencia de la herencia genética, del ambiente en el que vivimos, o de la experiencia que, andando la vida, todos y cada uno de nosotros vamos acumulando. Pero de lo que sí estoy seguro, es que la persona, para hacerse en un sentido, tiene que nacer un poco. Y lo siento por Sartre, y demás existencialistas. Además, creo que esa esencia nos acompañará el resto de nuestra vida. Querámoslo, o no. Y pienso que conformará, cuando ya seamos personas algo más juiciosas, lo que desde el retrovisor de la senectud llamemos nuestra naturaleza. Aquella a la que el sabio Esopo dio forma de escorpión y rana. Y contra esta naturaleza, asimismo, es posible que no podamos luchar nunca. Pues de ella se nutre nuestro carácter, nuestra personalidad, nuestro genuino estilo de vida. Unas veces nos ayudará a tomar decisiones correctas, en esos diabólicos dilemas que con tanta frecuencia se nos presentan. Pero, es evidente, que otras muchas nos obligará a caer, una y otra vez, en los mismos errores. Dicen que la Historia es cíclica. Que todo pasa, pero que también vuelve. Hoy día nos nutrimos, biológica, social y emocionalmente, de nuestro entorno y de nuestros semejantes. Y, para convivir con ello, aceptamos convenciones sociales. De ese modo, durante cierto tiempo, dejamos de ser un poco nosotros mismos. Y adquirimos una faceta determinada. Una faceta que nos permita desenvolvernos con fluidez en esta sociedad tan inmadura. Y que, además, sea aceptada por todos. Hasta el punto de que nos la terminemos creyendo nosotros mismos. Así, el inquieto se calma, el furibundo se relaja, el envidioso hace como que no entiende, y el que codicia hace como que no ve. Y así vivimos, encantados de haber encontrado la máscara que mejor se adapta a nuestras necesidades. Pero, justo entonces, cuando ya nos habíamos acomodado al personaje… nos hacemos personas provectas. Se suele afirmar que el anciano se comporta como un niño. Y es bastante probable que así sea. Pero esto hay que matizarlo. Pues, realmente, sólo volvemos al punto de partida. Y, por tanto, volveremos a ser nosotros mismos. Aquello que, en el fondo, nunca dejamos de ser. Y también aquello que nunca dejamos de sentir. Abandonaremos toda impostura. Porque todo dará ya igual. Habremos caminado por esta vida. Habremos sacado nuestras propias conclusiones. Y, como comúnmente se dice, veremos que al final el camino se ha hecho demasiado corto. Y que seguramente nos hemos equivocado muchas veces de dirección. Y que esa careta, esa fachada, ya no es necesaria. Y que la vida se conjuga, fundamentalmente, en una serie limitada de verbos: nacer, crecer, aprender, querer, sufrir, amar, transmitir y, finalmente, morir. Morir cuando el buen vivir.

14 noviembre 2011

Por partes

Esa voz que en las ondas suena rotunda y algo imperativa, por escrito, alberga una profundidad filosófica realmente maravillosa. Les copio, con alevosía pero sin ánimo de lucro, unas líneas que saben a Oca:


“No es más triste la verdad. Lo que no tiene es remedio. La verdad, esa que San Juan dice que nos hace libres, es tan poderosa que no hay forma de destruirla. Se parece bastante a nuestra conciencia, ese Pepito Grillo que Homero inventó en la Iliada y tantas religiones recogieron después. Eso que llamamos conciencia, eso que nos habla desde lo más profundo, eso que nos dice sí cuando es no, es lo que verdaderamente nos hace humanos. Tan diferentes y maravillosos. Pienso en esa voz del interior y no puedo negar la existencia de Dios. Distinto a cualquier criatura. Feliz por existir.


Luego vinieron el lenguaje, las palabras, los libros, la música. Pero la risa y la pena nos hacen únicos en la gran creación. En un librito nada pretencioso pero verdaderamente profundo y admirable, el filósofo Carlos Goñi (Cuéntame un mito. Ariel) afirma con razón que en la superficie del hombre, lo más humano es la risa. En contra de lo que nos contaron desde niños, la risa nos hace hombres. Hombres sensatos, conscientes de nuestra condición. Y después de la risa, la mirada. Si, eso somos, risas y miradas”.


Don Félix Madero, en su columna de hoy.


***


La noche del Sábado asistí con una amiga a una performance en el Musac. En mi opinión, cada vez es más notorio que las subvenciones han acabado con el ingenio artístico. Esperaba, de acuerdo con la definición del género, improvisación, una puesta en escena verdaderamente sensitiva y, desde luego, algo rigurosamente novedoso y contemporáneo (más allá del lugar en el que se representaba). Lo que saqué en claro: una obra de teatro al uso, en inglés, con efectos lumínicos muy limitados (tres colores escasos que, además, cuando se utilizaban no se correspondían con el relato, ni aportaban experiencia añadida alguna a lo que se estaba viendo -y eso que colaboraba al respecto un escultor muy vanguardista-), y como efecto sonoro, en algún momento determinado, apenas se oía el rumor de unos pajarillos trinando o la trompa de un elefante algo enfadado. Eso sí. Las actrices eran unas criaturillas fantásticas. Su vestuario se reducía apenas a un sencillo camisón, cortito y transparente. Y una de ellas, además, albergaba satisfecha un busto grecolatino redondeado y elegante, que confería al conjunto de la hembra un aspecto asombrosamente encantador (para lo provocativo del atuendo, vaya). Sin embargo, pienso, siempre profundamente, que tenía los pezones un punto arrogantes para la ocasión. Y que sus caderas, quizá demasiado pronunciadas, eran todo un canto a la necesaria e inevitable promiscuidad del ser humano (Jorge de los Santos dixit), o a la petición de la Libertad de apareamiento como derecho fundamental e inalienable ante las más altas instancias.


Dios mío: ya han pasado un par de días y no me quito esas tetas de la cabeza.

10 noviembre 2011

Artista

Me lo imagino con una media melenita, unos pendientes de aro, y algún que otro piercing desperdigado. Sin olvidar, claro, una chupita de cuero, con unos vaqueros ajustados y algo rotos…

09 noviembre 2011

Digo

El individuo busca por instinto su propia supervivencia. Y, por esta misma razón, su propia felicidad o comodidad. Somos hedonistas por naturaleza. Sí, hay quien vive feliz, una felicidad sin duda muy particular, esforzándose, sacrificándose, poniendo al límite su maltrecha fuerza de voluntad, pero esto sólo ocurre por la obtención de un rédito económico, social, cultural, o meramente personal. Quitemos este beneficio, y el sujeto no tendrá motivo alguno por el que renunciar a su placentera vida. Del mismo modo, podemos finiquitar los argumentos de quienes defienden las bondades y virtudes de la persona particular. Se podría afirmar que los seres humanos evolucionamos. Pero es absolutamente mentira. Evolucionan, o progresan (pues en este sentido se trata de lo mismo), las sociedades. Ese conjunto donde el individuo tiende a perder toda identidad. Y en donde lo particular no se desarrolla en la misma medida, ni en la misma dirección, que el grupo al que pertenece. Cuando se lee a Cervantes o a Mariano José de Larra, por poner dos ejemplos separados en el tiempo, hay algo que destaca con obscena nitidez: los mismos vicios, defectos o taras de las personas se repiten a lo largo de todas las épocas. Y, claro, uno puede asegurar que a él no lo mueve el egoísmo, sino el más puro y elevado altruismo. Y que su libro de estilo, su conducta pulquérrima, intachable, tan vanagloriada, jamás lo moverá a hacer daño a sus semejantes. Un fenómeno, por quien no lo haya notado, total y literalmente cristiano. Pero claro. Al igual que los derechos de cada uno de nosotros terminan donde tienen comienzo los de los demás, y siguiendo una misma línea lógico-argumentativa, convendrán conmigo en que nuestro nobles e inmaculados deseos también pueden chocar con los de otro sujeto que se cree así mismo igual de impoluto, igual de digno, y con las mismas posibilidades de suscitar admiración e imitación en su semejante. En su caso, ¿qué o quién determina objetivamente la jerarquía que ha de imperar? ¿Pero es que realmente existe la objetividad? Y si existe, ¿por qué principios se rige? ¿Y de dónde vienen estos principios? ¿Ha de haber, necesariamente, una jerarquía?...