Jam Session

Política, literatura, sociedad, música

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Lugar: León, Spain

En plena incertidumbre general, y de la particular mejor no hablamos, tratando de no perder la sonrisa...

31 octubre 2008

Hummm, encuentro en el siempre excelente blog de Juan Cruz, por sus palabras, por su forma, por su ser en general, este fragmento de relato de Gabriel García Márquez: El cuento es el de una viejecita que está dando vueltas por su pueblo y diciendo esa cantinela, "algo muy grave va a suceder en este pueblo". La gente se asusta, va tomando provisiones, se va a preparar para lo peor que suceda, y al final del día no queda nadie en el pueblo, todo el mundo ha huido menos la viejecita, que exclama, ya solitaria: "Ya decía yo que algo malo iba a pasar en este pueblo". Fantástico, ¿verdad? Cuantas veces buscamos los problemas mucho antes de que éstos nos encuentren. Creamos nuestro propio sufrimiento. Y luego sufrimos: nadie nos entiende.

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Las mujeres son seres parlanchines. Deliciosos, pero parlanchines. La compleja naturaleza de la mujer, minuciosa observadora de cuanto la rodea, provoca que ésta siempre utilice para contar casi cualquier cosa muchas más palabras de las que utilizaría un hombre. Esta situación, en ocasiones, provoca cierto agobio en el hombre. Una nada ligera sensación de ahogo. Como consecuencia fundamental, y directa, el hombre, o para ser más diplomático, su alma, se evade. Huye de su cuerpo. Y no atiende. Y no mira, o no mira como debe. Y, sobre todo, no escucha. La mujer, entonces, se siente desatendida. Minusvalorada. Despreciada. Y busca refugios imposibles. Inalcanzables para el hombre: ese ser intensamente preocupado de sí mismo. Es verdad, todas las mujeres son iguales. Iguales que los hombres.

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Día de todos los Santos. Me marcho al pueblo, a honrar a los que faltan. Aquéllos a los que nada ni nadie pueden ocupar, y no digamos ya reemplazar, su vacío. Aquéllos de quienes guardamos gratos recuerdos, valiosas enseñanzas; que son un espejo en el que mirarnos. Decía mi abuela paterna, a quien tengo especialmente presente desde su muerte, y que era una gran lectora, que en la vida fundamentalmente hay que tener presente dos cosas, con independencia de dónde nos lleven nuestros pasos, sin distinguir el trato que nos depara la vida, haciendo caso omiso de los logros alcanzados: trabajo y humildad. Trabajo y humildad. Trabajo y humildad. Repítanselo cuando logren algo, lo que sea. Y no se detengan. Funciona mejor de lo que parece.

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Hace unos días, que me sentía estupendamente, y ya saben lo efímero que es todo lo estupendo, me vino a la cabeza el título de una canción muy especial: Oh happy day. Sin pensármelo dos veces, y no haciendo caso de las entretenidísimas leyes que cubrían casi totalmente la mesa de mi escritorio, la busqué en Youtube, esa inagotable fuente de felicidad. Como resultado de esa búsqueda, volví a ver la espléndida escena que les cuelgo aquí abajo. Me emocioné. Y se me puso enhiesto el vello. Disfrútenlo:



Por cierto, y valiendo ésta como la del sábado, el domingo no habrá entrada. Salvo que en mi pueblo hayan tirado la bolera municipal, y en su lugar hayan puesto un cibercafé. Pero les advierto que sería cosa muy rara. Y dedicaría un post al asunto, claro. Buen fin de semana. Gracias por leerme. Vida rural: allá va Javi.

He estado echando un vistazo a las ya polémicas declaraciones de doña Sofía, en el libro de Pilar Urbano, La reina muy de cerca. Hombre, no es para tanto. A mí también me parece que a la unión civil entre dos homosexuales se le debería de haber llamado de otro modo. Y pienso que no habrían sufrido un menoscabo cualitativo por ello, ni la institución resultante, ni sus beneficiarios. Pero algo tenía que vender el PSOE en su día, en su eterno alegato contra la religión y sus partidarios. Más curioso me parece que la reina afirme que "se ha de enseñar religión en los colegios, al menos hasta cierta edad: los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida". Estas palabras, en cambio, sí son absolutamente extraordinarias. La reina es una mujer culta, seria, con una educación exquisita. No me explico cómo puede vivir engañada a estas alturas de su vida. Costilla, barro, seis días. La mitología bíblica es fantástica, no me digan. A pesar de que desde la razón, los fundamentos que aún se sostengan se cuenten con los dedos de la mano. No es descabellado afirmar que el Edicto de Milán fue una cuestión de esnobismo, de moda, de interés. En el fondo, el emperador Constantino, no era más que un progresista adelantado a su tiempo. Un hombre que veía con los ojos del pueblo. Una especie de Zapatero: sin ánimo de entrar en comparaciones, que tan poco gustan a quien malparado sale de ellas. Doña Sofía, debe de desconocer la manipulación dolosa a la que fueron sometidos los textos sagrados por los monjes copistas medievales. No es un tema nuevo, Umberto Eco sigue viviendo de ello. Más, hay que tener verdadera fe, para no llegar a la conclusión de que dado que en el pasado hubo un hueso de Santo en cada iglesia, necesariamente debieron de existir varios recambios de cada ejemplar. Pero los tiempos cambian. Lo natural ya no es atribuible a la mano de Dios. Y hoy día no es razonable afirmar que pueda haber un solo cristiano más preocupado por las palabras de Joseph Ratzinguer que por las que pueda proferir Jean Claude Trichet La iglesia también vive su particular crisis.

30 octubre 2008

“Ésta es la historia de Betsabé. Un día de verano se levantó de la siesta el rey David y desde la azotea de palacio vio a una joven de extraordinaria belleza que se estaba bañando desnuda en el jardín de su casa. El rey David quiso saber quién era aquella muchacha. Le dijeron que se llamaba Betsabé, la hija de Eliam, mujer de Urías. El rey mandó a un mensajero que le hablara de su parte, la hizo venir a palacio y llegada a su presencia la poseyó sin más preámbulo, durmió con ella, la cual después se purificó de su inmundicia y volvió preñada a casa. Betsabé le mandó recado al rey. "He concebido", le dijo. En ese tiempo, Israel estaba en guerra con los ammonitas y tenía sitiada la ciudad de Raba. El rey David llamó a Urías, marido de Betsabé, lo sentó a su mesa, lo agasajó con un gran banquete y trató de embriagarle. Después ordenó a Joab, jefe del ejército, que lo colocara en el lugar más peligroso de la primera línea de combate para que fuera herido y muriera, cosa que sucedió tal como pensaba. Desde lo alto de la muralla lo mató un ballestero y el rey David fingió gran dolor, pero enseguida tomó a Betsabé por esposa y ella parió un hijo, que no fue del agrado de Yavhé por ser fruto de adulterio. De hecho, la criatura fue sacrificada. Con un poco de penitencia, el rey obtuvo el perdón y a continuación David consoló a Betsabé, durmió con ella y de esa coyunda nació el sabio Salomón”. Manuel Vicent, el pasado domingo, regalándonos un poco de cultura.

29 octubre 2008

Me van a disculpar que sea tan pesado y plasta y cansino, pero, con profesores así, cómo no iba uno a salir retorcido y mal pensado de la facultad:

Este artículo, de Francisco Sosa Wagner.

Y este otro, a modo de réplica epistolar, de Juan Antonio García Amado.

Diablos por golfos, que no por viejos. Conversación de altura, no me digan.


Amor y odio. ¿No es, acaso, lo mismo? ¿Podría una persona incapaz de amar sentir odio por alguna otra? ¿Sería descabellado considerar el odio como un precedente del propio amor? Pero, el amor, ¿no es básicamente una fijación?; y, el odio, ¿no se fundamenta en el desprecio? Todas estas cuestiones de novela venezolana, y alguna otra que omito para no pervertirlos, me planteaba esta mañana mientras leía un estupendo artículo en El Mundo. Parece ser que ahora, lo que es la vida, han detectado ciertas similitudes en las reacciones neurobiológicas que experimentamos respecto a ambos sentimientos. Otra cuestión, claro, es que estos planteamientos teóricos sean infalibles e irrefutables al llevarlos a la práctica, donde hacen agua tantas y tan variadas teorías. Como soy un hombre de letras, cosa que debe ser muy buena, además, me fui a resolver mis inquietudes allí donde acudirían en último lugar los científicos; esto es, al diccionario. En él, sin sorprenderme tampoco demasiado, me encuentro con que no hay un solo académico que no goce de un espíritu poético sano, fuerte y alegremente vistoso. He aquí la definición de odio, escueta, precisa, poco cristiana: “antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. Ah, el mal del prójimo, viejo asunto, pariente en segundo grado de consanguinidad de la envidia. Cierto, para definir así el odio no hace falta estremecerse con Pessoa, haber disfrutado del sarcasmo de Quevedo, ni tampoco ser académico. Don Francisco Umbral le habría puesto mucho más arte, sea dicho sin inquina, claro. Seguimos; me voy raudo a la definición de amor, les copio un par de acepciones, una más, podría ser perniciosa para su salud emocional: “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Oigan, ¿a ustedes les han venido a realizar algún chequeo sobre si son o no suficientes para consigo mismos? Y en caso negativo, pues de todo hay en la viña, ¿acuden raudos a buscar calorcito en lecho ajeno? Hombre, hombre. Estos académicos, ¡y su mucho, y particular, mundo recorrido! Siguiente y última acepción: “sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. Joder, con esta última; aquí, el otro no sólo suma, ¡aquí multiplica!: ¡energía para convivir!; más, ¡para comunicarnos!; incluso, ¡para crear! (¿para crear qué?), acabáramos. Queda claro, naturalmente, que salvo omisión imprudente, y en estas cabezas no debería haber tal, sólo el amor puede calificarse de sentimiento. Quedando el odio, entiendo, en una pobre, y no digamos moralmente, actitud.



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Así, sí, claro:



Buenas tardes.

28 octubre 2008

La tribuna del Domingo de Gustavo Martín Garzo es, sencillamente, excelente. La leí más despacio de lo habitual, porque me daba una pena horrible terminarla. Desafortunadamente no experimento la misma sensación, ni siquiera aproximada, ante todo lo que desfila ante mis ojos. No abunda lo bueno.


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Estupendo artículo de Cuesta, como todos los suyos. Me llamó especialmente la atención el sintagma señoritingo mesetario, muy apropiado, además, que utilizó para describir las ínfulas de grandeza de los nuevos ricos castellanos. Me hizo recordar una anécdota que en segundo de carrera, en la asignatura de Economía Política, nos contó el catedrático, por lo general poco dado a excesos anecdóticos, y que, desde luego, recibíamos con gran entusiasmo sus alumnos. Aseguraba don José Luis, borde, sarcástico y con una de las miradas más inteligentes que mi persona haya podido observar en la vida, que cuando se vino a vivir a León con su mujer, que era de Barcelona, tuvo que cambiarla, con el acostumbrado cariño, tan alejado del que profesaba a sus alumnos, el horario. Al parecer, la buena mujer, se disponía a poner el despertador todos los días a las cinco y media de la mañana, para, de ese modo, ir a hacer la compra a las seis. Mi profesor tuvo que explicarla, supongo que con gran esfuerzo, que en este apartado rincón de la península, a las once de la mañana, y no a las seis, hay establecimientos que aún no han levantado su persiana, ¡y que se quejan de cómo está la vida! (esto último lo pone el menda). A mí me fascinó; un servidor, habría sido un buen catalán. Supongo que les habrán contado ese viejo chiste que afirma que el modo más efectivo para conseguir meter a cien catalanes en una cabina de teléfono, es tirando una pela dentro. Pues bien, yo, seguramente, habría sido el primero en meterme dentro. Es pecado viejo y castizo presumir de lo que se carece, como nos recuerda el dicho. Pero llevamos demasiados siglos arrastrando tal losa. Afirmémoslo, es genético. Además, en esta vida, todo lo que verdaderamente tiene valor tiene un precio, obviedades a mí. Y sólo el que lo paga, sabe a lo que ha tenido que renunciar para conseguirlo. Presumir es devaluar. Y a ojos del entendido, demostrar que no se tiene de qué. Nos vendría bien a todos pasear en el utilitario.



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Así no:

Se trata de la nueva campaña de las juventudes populares. Predicando sin ejemplo. Sin inteligencia. Sin elegancia. Hace unos meses, muy compungidos, criticaban al PSOE por hacer un vídeo ridículo, tonto, infantil. Y lo era. Aunque ZP, en su día, dijo que era simpático. Y quién se va a mofar de un hombre que lee El País y escucha La Ser todos los días, y disimula tan bien esa basta cultura. En cualquier caso, apartándonos de lo que ya no tiene remedio, deberíamos estar orgullosos de ambas juventudes: son un fiel retrato de lo que representan.

27 octubre 2008

Si están viendo esta imagen a través de sus ventanas:

acomódense, cojan un buen libro y disfruten del otoño.

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-Javier, ayer no hubo entrada.
-En serio se lo digo, es usted extraordinariamente observador.
-Bueno, bueno, no pasa nada; tuvo el día vago, y ya está.
-Vaya, pues…hombre, quizá fue un día distinto.
-¿Un escorpión sin nada de particular, tal vez, con el aguijón un poco mellado?
-Quizá sea eso, no lo había pensado.
-Pues sea, entonces.
-Sea.

25 octubre 2008

Sí señor, un interesantísimo reportaje gráfico sobre la moda en nuestros políticos. Destaca, como siempre, nuestra querida Bibi, muy suya en general.



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Es una verdadera lástima, que en España haya gente a la que de pequeño no endulzaron los oídos con el cuento de Pinocho.

Tomo prestada a Caraballo la portada de El País de hace cuatro meses, que ayer publicaba en su blog, destacando lo que decía el señor Zapatero:



Rescato la de hoy:


Y lean la columna de hoy de Ignacio Camacho.

En España, hay gente a la que últimamente debería haberle crecido el órgano olfativo. Claro que, más aún, preocupa la ingenuidad de un sector importante de la población. ¿O, tal vez, no haya ingenuidad? Por supuesto, a nuestros “negacionistas particulares”, que haberlos haylos, a estas alturas, no merece la pena dedicarles ni dos líneas. Donde se dijo digo, se dice diego…y a otra cosa, mariposa, que dicen los asiduos de la poesía más vanguardista, válgame la ironía.

24 octubre 2008

Se dice en los mentideros de España que al Real Madrid lo entrena cualquiera. Y yo estoy muy de acuerdo. Sólo faltaría. Por eso, precisamente, lo entrenó Vicente del Bosque. Sin duda alguna, el ser humano tiene muchas ocasiones a lo largo de su vida para demostrar su valía como persona, como profesional. Sin embargo, siempre hay quien vive en continua demostración, salvo para consigo mismo. Ya no recuerdo quién dijo aquello de que a las grandes personas se las reconoce en sus peores momentos. Desde luego, cuando la vida sonríe, ser feliz no tiene mérito. Pero he aquí al seleccionador nacional. Ha llegado de figura. Y a ver si va a ser normal. Con el equipo blanco lo ganó prácticamente todo. Era el equipo de los galácticos, no sé si recuerdan. Un entrenador de la casa, tranquilo, buena persona, prudente, con cierto aire paternal tomaba las riendas del equipo en un mal momento. Criticado en un principio. Vitoreado ulteriormente. Y claudicado en el postre. Esa persona de apellido modesto, acabó siendo un auténtico soberbio: reivindicando el mérito de haber hecho campeón a un equipo en cuyo plantel se encontraban figuras como Figo, Zidane, Ronaldo o Beckam. Aunque en honor a la verdad, el mérito a su capacidad se lo reconocieron en Turquía. Su actuación como entrenador fue una verbena. A España sólo llegaron ecos, un tanto distorsionados, del asunto, entiendo que por respeto a lo que había conseguido al frente del Real Madrid. Pero en fin, los hechos dan o quitan razones. Incluso al diario As. Fue a Turquía con su recetario, bajo el brazo, y le dijeron que el pueblo no le quería. Y lo debió de entender, porque lo tenemos con nosotros. Se alegó por parte de la prensa que “no pudo implantar su estilo”. También es muy normal, porque es inexistente. Nunca lo ha tenido. Ahora, en un alarde de sentido común, dice ese entrenador grande, grande porque con cada halago crece una par de centímetros, que "si le pasase lo que a Luis con Raúl, oiría al pueblo". Entre nosotros: debe de tener la profunda convicción de que el pueblo a él, sí le quiere.


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Fantástico leer a Alvite, no me digan. Lo fascinante en una columna no es hacer de lo abstruso algo incomprensible, sino conseguir simplificarlo. Y para eso no basta sólo con el talento o la inteligencia, que se dan por supuestas. Además, hay que querer. “El que con el alma escribe al alma llega”, no creo que don José Luis haya hecho otra cosa en su vida.


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Ahhh, el heredero de Quevedo, qué fino, qué elegante.

23 octubre 2008

Vivimos para vivir, suponemos. En la niñez, y durante la adolescencia, anhelamos la libertad adulta para poder hacer lo que nos plazca. Creemos que todo será más fácil. Que tendremos más amplitud de movimiento. Que, sobre todo, no habrá ningún impedimento para conseguir nuestras metas. Que nuestros deseos, por tanto, y como en los cuentos, se harán realidad. Que no tendremos, ay, preocupaciones. Que nadie, desde luego, nos dirá lo que tenemos que hacer. Que viviremos, en fin, nuestra vida; que debe ser lo más grande, felicidad absoluta. Por eso, vivimos cargados de irisadas ensoñaciones, melifluas como cánticos de sirena. Debido, parece obvio, a ese aura protectora, ese cobijo apacible, ese socaire inexpugnable que conforma el entorno familiar que tantas veces desdeñamos mientras en él vivimos. Pero identificarnos con esas circunstancias, sólo significa que vivimos sin vivir; más, que aún no sabemos qué es la vida. Entonces avizoramos, no deliberadamente, que el tiempo pasa. Y que lo hace, además, para todos igual; y para nadie del mismo modo. Oxímoron vital con el que nunca se aprende a convivir. Y no sólo eso, a pesar de todo, y de todos, se llega al convencimiento de que se crece. Inevitablemente. Aunque, muchas veces, nosotros mismos seamos los últimos en enterarnos. Es duro, sin duda, saber que ese encantamiento pueril se marchita; y ver que aquello en lo que creíamos no es así: vivíamos en un mundo irreal, de sombras, como en el mito de Aristoclo. Pero es entonces cuando vemos la vida. Y llegamos a la conclusión, siempre dolorosa, de que no ha sido ella la que ha cambiado, sino nuestra forma de percibirla.

22 octubre 2008

“El Madrid encerró a la Juve toda la segunda parte”, aparece esplendorosa y mentirosa la portada del diario As, siempre tan optimista. Aparte de la hilaridad que me provoca su lectura, estas palabras hacen que me pregunte qué partido vería yo ayer por la noche. Juro por la honestidad de Dios, y también, aunque menos, por la de Javier Moreno, que, en apariencia, parecía el Real Madrid. Pero en fin, la vista, a ciertas edades, ya no es lo que era. El partido, salvo 15 minutos, ¡15 minutos!, buenos tirando a regulares del equipo blanco (no me atrevo a ponerle nombre) fue un tostón de tomo y lomo. Si los merengues (será por nombres) piensan de esta guisa ganar la competición europea van muy, pero que muy, muy finos. Pero habrá que vender periódicos, claro. De algo tienen que hablar quienes levantan España. Y, por cierto, ¿es que a nadie le parece dolorosamente redundante la prensa deportiva? Dolor de alma me entra; a ver cómo se lo explico al médico.

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Ayer eché un vistazo por primera y seguramente última vez al blog de Martín Lobo, del diario El Mundo, Diario de un gay, y su entrada titulada Los penes más grandes del mundo. Entré un momento por pura curiosidad, como ustedes comprenderán. Pues entrar en este blog, leer entero uno de sus post y no salir de él con cierto complejo con el epicentro en la pilila es cosa complicada. Había dos ilustraciones; hoy, sólo una. La segunda, la suprimida, era la de un hombre con una pieza de charcutería, sólo podía tratarse de eso, entre las piernas; con una pose muy natural, como de tipo cojonudo. Este delicado blogmaster calificó a nuestra castiza y orgullosa media nacional de 13,58 centímetros de miseria biológica, y no contento con eso, la aderezó, además, con otra serie de metáforas alimenticias que, desde luego, ahora no vienen a cuento. Bien es verdad que la media en España la hemos aupado cuatro, pero, en fin, esto, sobre todo esto, no debería de ser motivo suficiente para que el señorito menosprecie el lugar donde sin duda alguna radica la virilidad del hombre, la auténtica medida de su ego, y el más hipócrita de los halagos utilizado por la mujer para satisfacerlo. Por lo demás, el post, en general, está lleno de ricas figuras literarias: “A lo largo de mi volcánica trayectoria sexual…he observado, amamantado y hasta poseído cientos de penes”; “la Humanidad guarda sorpresas maravillosas entre las piernas”; “no hay nada mejor que una buena ración de pollas para explotar de envidia...o morir de amor”…y todo así; joder, el maricón.

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Esta entrada ha sido escrita bajo los efectos que provoca la música de pata negra. Juntos para siempre, nuevo disco de Bebo y Chucho Valdés, padre e hijo, grandes ambos, zurrándose, sin piedad, sin vergüenza de ser tan, tan buenos. Escuchen una muestra de lo que son capaces de hacer el palo y la astilla, de otro disco, Cuba Jazz, en que también colaboraban Paquito de Rivera, Dave Samuels…en fin, unos musiquillos:



Y escuchen, por último, Tres palabras:



Buenas tardes.

21 octubre 2008

Lo que entra por el ojo, se dice

Españoles todos: Franco, ha muerto;

lo dice, además, la justicia española.

Similitudes entre falleras y bomberos, digo.

Se dijo, que el destape español supuso todo un atrevimiento...

...pero sólo fue arte.

20 octubre 2008

19 octubre 2008



Este hombre es Michel Camilo. En mi opinión, el mejor pianista del mundo. Este vídeo, es un fragmento del film Calle 54, de Fernando Trueba. Ahora, con Youtube, se tiene la fácil posibilidad de ver a gente tan extraordinaria, casi a diario. Pero en su momento, en el año 2000, cuando se estrenó el sensacional documental de jazz latino, este fenómeno no era tan frecuente. Seguramente, al lector inveterado de este modesto espacio, le suene bastante el vídeo, dado que lo tuve en la cabecera del blog durante mucho tiempo. Pero las cabeceras son efímeras, como la vida. Y este vídeo, merece degustarse con calma, con atención, poniendo todos y cada uno de los sentidos a disposición de lo que nos ofrece la retina. No sé las veces que lo habré visto. Ya hace mucho tiempo que perdí la cuenta. Y aun así, me sigue pareciendo magnífico, prodigioso. Es un placer inmenso verle acariciar las teclas del piano. Con dulzura, con suavidad. Y es casi milagroso observar la explosión del fenómeno, el cénit de su interpretación, en que sus extremidades se confunden con el aire que las rodea. Si se me permite la broma, como toque todo igual, su mujer tiene que estar verdaderamente encantada. Existe, además, una circunstancia muy llamativa, que diferencia a Michel Camilo de cualquier otro pianista de su nivel: y es su enorme capacidad para transmitir. Él llega; otros, ni se acercan. Eterna búsqueda para la que nace un artista, no me digan.

18 octubre 2008

Me pasa el amigo Julián, que ya está pensando en fiesta a estas horas, el siguiente vídeo del actual hombre más alto de la NBA. El resto de jugadores parecen pitufos, al lado del gigante. Me lo imagino en la cama, con su mujer, y dando un paseo con ella, juntitos, de la mano, haciéndose carantoñas. Para una mujer, debe ser maravilloso encontrar al gran hombre de su vida, no me digan.


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Dando una vuelta por los mares del sur me encuentro con el querer, el poder y el soñar; en el mismo ámbito, además.


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Y en territorio Linx, me encuentro con una curiosa libreta. Y un interesante dilema. Quiero recordar que ya trató algo del mismo Arcadi Espada, pero no tengo demasiado tiempo para bucear en sus diarios.

17 octubre 2008

La narración de los pasos

Qué placer, tan poco frecuente, dar una vuelta por la ciudad cuando la mente empieza a sobrecargarse y el cuerpo pide aire fresco. Salir a la calle y mirarla como si se viese por primera vez, ejercicio mental, muy mío, ciertamente aconsejable si no se quiere morir de hastío, tedio o pesadez de alma, pues las hay bien gordas. Harto de observar desde la ventana, con la agudeza de un pajarillo, el quehacer diario del mecánico de debajo de mi casa: de lejos tan poco sociable, y, de cerca, tan poco asociado. Tras escuchar, durante todo el día, con el oído de un ser todo sensibilidad, martillear al vecino del quinto; pensar que tiene que ser para él muy duro levantarse a las 9 de la mañana, trabajar, persistente y molestamente, durante todo un cuarto de hora, luego, exhausto por el esfuerzo realizado, realizar un pequeño descanso de una hora y media, para, a continuación, seguir con la actividad sonora durante otro cuarto de hora, jurando lo dura y malévola que es la vida, sin realizar, siquiera, un leve esbozo mental, sobre lo que puede llegar a pensar algún vecino de ese golpeteo continuo, incesante y probablemente inútil. Salir, por tanto, de casa con esa sensación abstracta de no saber a qué puerto dirigir los pasos. Girar la esquina; fijarse en que el bar donde acuden los hombres a diario a realizar la charla de sobremesa está abarrotado, lleno de esa masculinidad que tanto critica el marujeo de sus señoras en las carnicerías, pescaderías u otros establecimientos igualmente nobles. De ahí, por supuesto, que en España haya mujeres que afirman, tal vez algo malpensadas, que el chalaneo tratado en esos locales de café, puro, copa y tan pocas señoras, hace irrisorio el inmoral comercio de habladurías que se da a diario en otros locales de lenocinio autorizado, en los que en esporádicas ocasiones, incluso se despacha pan, carne o pescado.

Continuar andando; respirar, ese aire tan puramente contaminado. Mirar al suelo, y observar que la gente ya no pierde el dinero en la calle, como antaño sí ocurría. La crisis, ya no tiene piedad ni siquiera con la gente que busca el dinero que pierden otros. Conocí en una ocasión, ya hace años, un hombre que vivía precisamente de eso. Lo que ya no aseguro es que siga viviendo. Mantenía a toda una familia; creo que era la suya. Como soy nacido y criado en tierra de cazurros, persisto en mi actitud de seguir paseando; los hay cabezotas, no me digan. Me encuentro con Fermín, que fue repartidor de butano cuando aún no peinaba canas. Le pregunto que qué tal la familia. Y me responde que ya no aguanta más a su mujer, que ha salido a dar una vuelta y que probablemente no dormirá en casa esta noche. Fermín, sin duda, es un hombre al que han abierto la puerta muchos hogares, pero dado su carácter arisco y valentón, y sobre todo dado que ya no es el butanero, dudo profundamente que continúen haciéndolo.

Salir de mi barrio es cosa fácil, pues no hay que hacer nada más que seguir andando. Consejo que ya de chico, de mozo, de niño bien, o sea, he seguido durante toda mi vida; díganme por lo menos, por lo menos, que se me puede tildar de pragmático. En consecuencia salí del barrio, claro. Me di cuenta en seguida de que hacía buena tarde. Pues escuché con frecuencia, en más de uno y de dos corros, que así se había quedado la misma. Pero estamos en Otoño, qué estación. Y aquí, en León, ya no se ve ni nuca, ni pierna, ni brazo, ni incipiente pecho. Visualmente, es hasta soso ver a las mujeres a la sombra de Lorenzo. En cambio, tengo un amigo enamorado de la forma producida en los vaqueros cuando los rellenan glúteos femeninos, que no le gusta nada la muestra al fresco. Es la materialización de esa perífrasis tan poética, y tan frustrante, en la que nunca se muestra todo aquello que se puede sugerir.

Dirigí mis pasos hacia el paseo Condesa Sagasta. Sí, suena como muy pomposo, muy rimbombante, e incluso tiene nombre de paseo largo, pero, en realidad, no da más que para cinco minutos a pie calzado. En la estación en que nos encontramos, además, el paseo está cubierto por la hojarasca que se desprende de la ingente cantidad de castaños pilongos que lo flanquea. Costando trabajo inefable discernir lo que es suelo de lo que en realidad se pisa. Y qué decir de las mujeres. Tres quesos, tan solo, y tan solos, hallé en todo el camino. Ahora bien, su cremosidad era grande, su blancura hacía sucia la nieve, su firmeza asemejaba las más grandes catedrales, eran, sin duda, quesos de tetilla andantes. Tengo por costumbre o por vicio mirar a los quesos fijamente, humedecerme los labios, mesarme el cabello, y ya, sólo en el caso de que todo lo anterior no funcione, acudir a Pessoa, el cual, extraordinariamente, aún tiene menos efecto. En cualquier caso, ya saben ustedes, lo importante en la vida es seguir andando.

Llegaron mis pasos, y con ellos el conjunto de mi persona, al Corte Inglés. Establecimiento bastante frecuentado. Me paré, cómo no, en la sección librería. Evitando a sus dependientas, tan guapas, tan monas, tan incultas; pero que, en cambio, huelen tan bien…Vi que el gran Zafón había parido muchos libros, no muy gordos ninguno de ellos; vi que la gente había devorado, casi literalmente, el estante donde se encontraban los libros del niño con traje de dormir más famoso del mundo; vi que tenían una nueva dependienta, pelirroja, metro setenta, rostro anguloso y proporcionado, ojos verdes, rasgados, de pestañas muy largas y mirada traviesa, la falda le quedaba estupendamente, insinuando un culito redondo, duro, nada inquieto, sus pechos eran como dos bollos…pero apenas me fije en ella, claro; vi que no tenían muchos libros de Francisco Umbral; vi a una joven buscar un libro como debería buscar a un hombre, y se fue con las manos vacías; vi a un hombre despistado buscando la sección de lencería femenina, no quise orientarle.

También me fui con las manos vacías. Afuera seguía haciendo una tarde maravillosa. Justo en frente del Corte Inglés, en un gran edificio, se ubica una residencia de la tercera edad. Cuando hace buen tiempo suelen sacar a los ancianos a pasear por los parques de la zona. Cuando me marchaba tenían ocupados cuatro bancos del paseo de gracia. Sólo hay cuatro. A pesar de que se hacía tarde, pude observar, de lejos, la renuencia de algunas mujeres jóvenes y guapas a pasar cerca de las ancianidades; como si la senectud mordiese, o lo intentase.

Enfilaba camino a casa. Pero León es un pañuelo chico, minúsculo. Saludé a Jorge Varela, un chico que nunca me ha caído demasiado bien, del barrio. No se distinguía con claridad si llevaba puesto el traje, los zapatos y la corbata o eran estos los que le llevaban puesto a él. No hablamos mucho. Saludos de rigor, y ese “ya nos tomaremos unas cañas en el barrio” tan castizo como improbable. Pasé junto al edificio de Correos. No vi luces en su interior. Supuse que sus funcionarios ya estaban de fin de semana; seguro que alguno lo empezó el lunes. Seguí mi ruta hacia el dulce hogar. Charlé un rato con Lorena, una amiga de una compañera de oposición que dará a luz tras las navidades. Será niña. Ella prefería niño, porque aseguraba que eran peor las mujeres; la dije que tenía mucha razón, y yo muchas razones para dársela. Y seguí mi camino.

Como ven, ya estoy en casa. Confieso que hoy era uno de esos días en que no tenía la más remota idea de qué contarles. Los periódicos, muy sosos. Mis recuerdos, demasiado espesos. Mi vida, la saben ustedes mejor que yo. Pero algo había que poner, digo yo.

Fundamentos de derecho literario: “Poco a poco, he ido viendo claro cuál es el defecto más general de nuestro tipo de formación y de educación: nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña… a soportar la soledad”. Friedrich Nietzsche. Buen fin de semana. Gracias por leerme.

16 octubre 2008

No todo en la vida va a ser desafortunado, claro. Este verano, en una de esas noches en que el descanso acaricia el alma en forma de agobiante bochorno, descubrí un programa de radio maravilloso. Un programa serio, culto, exquisito, realmente bueno y que, por supuesto, lo quitaron tras el estío. Pues hay que comprender que, ante todo, los medios tienen que mantener una media cualitativa. Una media bastante mala, por cierto. Lo dirigía Macu de la Cruz. Escuchar su título, ya era una provocación para un alma ávida de nuevos sabores, nuevas posturas, nuevas experiencias: “La vuelta al mundo en 80 libros”. Duraba sólo una hora. Y consistía, básicamente, en la lectura de párrafos escogidos de grandes obras literarias, aderezado con un fondo de música sinfónica, normalmente muy selecta, que provocaba la sensación en el oyente de estar siendo parte activa de la propia novela. La voz de los narradores era mágica, profunda, apasionante. Estoy convencido de que si todo el mundo hablase así, con signos de puntuación, no habría problemas en el mundo.

En cualquier caso, menos mal que tenemos Internet, no me digan. Precisamente me he encontrado en la página del programa, ¡dónde si no!, todas sus emisiones íntegras, dispuestas, casi frescas. Si les place y tienen tiempo, echen un vistazo. Les dejo el prólogo:



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Acaba de llegar mi hermano de realizar el examen de conducir. Criaturilla. Llevaba toda la semana imprimiendo a sus saludos, sobre todo de mañana, cierta hosquedad, como de viejo gruñón que a pesar de haberse mantenido fiel y enamorado durante toda su vida, no ha sabido demostrar su amor a su mujer de otro modo que tratando de herirla, aprovechando, tal vez, esa aparente vulnerabilidad y fragilidad que hace a la mujer un ser digno de protección, un ser verdaderamente hermoso. Pero en el caso de mi hermano, quiero pensar, no se trata de amor. Es joven. Y guapo. Y efímero, como el peinado que con tanto esmero construye frente al espejo todos los días. En el caso de mi hermano, digámoslo así, y en esta ocasión, son nervios. Mis padres, insistieron en que fuese tranquilo, ¡como si el sosiego lo fuese todo en la vida! Un servidor, en cambio, hizo hincapié en que no se preocupase por hacer el examen bien, perfecto. Es decir, que pusiese interés en no hacerlo mal. No fastidiarla, vamos. Creo que este punto de vista, incluso en otras circunstancias de la vida, descarga en cierto modo ese peso enorme e invisible que muchos de nosotros arrastramos a diario. Pero la juventud nunca ha sobresalido por dar buen uso a sus oídos. Con lo que puedo llegar a la conclusión, siempre se llega a alguna, de que no me hizo ni puñetero caso: aparcó en un vado. Al menos, eso sí, tuvo el detalle de quitarse los cinco o seis pendientes que adornan su rostro rebelde e inconformista. Qué angelito.

15 octubre 2008

Este párrafo clarividente, preciso, maravilloso de Ussía reflejando el absurdo pensamiento independentista: “Uno cree que conoce bien España por haberla recorrido y disfrutado de norte a sur y de este al oeste, y al final se apercibe de la levedad de su conocimiento. Había olvidado un viaje en coche con Antonio Mingote por tierras de Castilla-León. En la provincia de Ávila, en las paredes de una vieja casa deshabitada, vimos las primeras señales de alarma. «Castilla Independiente». -¿Independiente de qué?-, me preguntó Mingote sin hallar respuesta por mi parte. Al fin llegamos a la provincia de León, cuyos mensajes de independencia se entendían mejor que los castellanos, porque determinaban de quién querían independizarse. «León, independiente de Castilla». Superado el puerto del Manzanal, ya en la bellísima comarca del Bierzo, una nueva sorpresa. En una enorme piedra a decenas de metros de la carretera, un nuevo movimiento independentista: «El Bierzo, independiente de León». En cuatrocientos kilómetros experimentamos una España hecha añicos, que no es experiencia agradable. Superada Ponferrada, y camino a Villafranca del Bierzo, el lío se agigantó con otros dos mensajes escritos junto a la carretera. «Villafranca, independiente de Ponferrrada», y «El Bierzo es Galicia». -Estamos locos-, comentó el maestro”. Y es que León también tiene estas cosas absurdas. Qué se habrían creído los vascos, los catalanes, los gallegos…Bien es verdad que nuestras voces se escuchan muy poco, o muy bajo. Y que no es porque la causa no sea noble: que, desde luego, no lo es. Ni porque no haya intelectuales adeptos: que, por supuesto, no los hay, o tienen muy poco de intelectuales. Sino porque a la gente de esta tierra le importa, en expresión castiza, diáfana, un pimiento.

Aun así, existe en León un partido minúsculo, pequeñito, diminuto que a pesar de las pocas simpatías cuantitativas electorales que despierta, siempre acaba teniendo lo que metafóricamente, en democracia, se denomina “la llave”. Pocas cosas habrá en la vida tan injustas y carnavalescas, como estos chalaneos partidistas en que el depauperado valor de algo se vende a un precio tan elevado. Luego, claro, es normal: viene la gente de paso y se queda con la idea, sin duda extravagante, de que los leoneses estamos reivindicando algo. Algo, además, como dije, tan absurdo. Tan ridículo. Pero como los que pensamos de otro modo no nos dedicamos a ensuciar las fachadas, carreteras y demás bienes públicos, ni insultamos, ni nos alteramos, ni expresamos nuestro pensamiento como cernícalos (echen un vistazo a su hábitat y costumbres): como que aquí pensara todo el mundo así. Me pregunto si estos independentismos basados en fueros, prerrogativas condales o los frustrados beneficios por la desgraciada equivocación de bando en las guerras carlistas, no tienen un origen similar a este incipiente, y hasta el momento hilarante, nacionalismo leonés. Como el de esos okupas que paulatinamente terminan adueñándose del inmueble al que se adhieren; como el de esos gusanitos que, imperceptiblemente, comienzan a horadar una manzana y, cuando uno quiere echarle el diente, ya es demasiado tarde (incluso –¿o sobre todo?- para la manzana).

En el partido de marras, además, no es que proliferen precisamente los políticos inteligentes; y los que había, fíjese usted, se han ido, o poco les falta. Eso sí, queda en sus filas algún/a pseudointelectual que publica panfletillos incoherentes, inconsistentes y, gramaticalmente hablando, muy mal escritos que, ¡extraordinariamente!, son muy bien acogidos por los círculos de personas sabias y leídas de León; gran círculo, por otra parte. Y que le hacen a uno preguntarse a ver si va a haber algún profesor universitario, con todos mis respetos, que consiguió su doctorado en una tómbola. Pero en fin: así está España, llena de sinécdoques.

14 octubre 2008

El administrador de este espacio les informa que durante este día es poco probable, si no imposible, que pueda actualizar el blog con decencia: que es lo mínimo que se le puede exigir a un blogmaster: decencia. Podría decirles, con fingida sinceridad, que el motivo de este absentismo se debe a que ayer noche fui objeto de una violación compulsiva por parte de un grupo de jovencitas muy, muy salidas; pero, obviamente, esa disculpa no se la iba a creer ni la madre que me exoneró. El porqué, ya saben, es el de siempre: no dispongo de ese tiempo al que algunos Dios, o el ente taumatúrgico correspondiente, dio de balde. En caso de que se diese la extraordinaria situación de que se abriese una brecha a lo largo del día, esta entrada se autodestruirá. O, respetando esa norma consuetudinaria que establece que lo publicado en la red ya no se toca, tal vez, sólo tal vez, añada una pequeña adenda. Sean buenos: la que tiene buen pecho, o al menos generoso, tiene asegurado el paraíso; las tontas no van al cielo, aunque de ese género ya no queden. Afirmen conmigo, categóricos y rotundos, que, últimamente, el cielo ha estado plagado. Por cierto, me tiene frito el duque. Un día le cae un post. Buenos días.

13 octubre 2008

Cada vez quedan menos...

Su presencia, en cierto modo, cortaba el aire. Todos notaban su llegada. Pero, hacían su trabajo en silencio. A nadie importunaban. Eran útiles, ¿quién puede decir lo contrario?. Y se marchaban como habían llegado. Recuerdo indeleble de un sonido. Estampa inefable de una época. Y no son los únicos, claro. Ni serán los últimos.

12 octubre 2008

¡Felicidades!


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Los viernes por la noche, aun de copas, se pueden escuchar ciertos ramalazos de filosofía. Nunca antes mejor aplicada a las circunstancias: “cuando en un pub te ponen dos veces el mismo tema, te están diciendo que sobras”. La vida está llena de hedonistas.


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Excelente artículo del eximio Marías.


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El off describe con precisión lacerante a nuestros políticos:

"Mañana tengo el coñazo del desfile; en fin, un plan apasionante". Mariano, Mariano, en fin; tú tampoco eres apasionante, precisamente.

“Nos conviene la tensión”. José Luis, José Luis, ya somos mayorcitos para esconder la mano. La gente, tarde o temprano, termina sabiendo quién ha tirado la piedra.

En cualquier caso, dadas las circunstancias preelectorales en que se produjo, y teniendo en cuenta esa crispación atribuida al PP durante la pasada legislatura, es razonable afirmar que Zapatero está mucho más favorecido cuando el silencio habla por él. La locuacidad nunca ha servido para disimular carencias; más bien, todo lo contrario.


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La gente haría bien en mirarse el ombligo a diario. Alguno, quizá se sorprendería. Hay quien teniendo siempre algo para los demás, me refiero a algo malo, nunca guarda nada para sí. Con el buen provecho que le haría. En algún artículo de psicología, quizá rubricado por Pilar Varela, que escribe y transmite estupendamente, he leído que estas características suelen engrosar la lista de cualidades de personas con cierto complejo de inferioridad. Inseguras. Menospreciadas, principalmente, por ellas mismas. Y, en general, insatisfechas con la imagen psíquica que les devuelve el espejo del alma: aún más puntilloso que ante el que nos acicalamos. Pero esto no es disculpa. Uno de los factores más destacados en el desarrollo personal, y profesional, del ser humano, consiste en ese asiduo ejercicio inmisericorde de autocrítica al que algunos se someten. Se crece desde el reconocimiento de la imperfección. Desconocerla o ignorarla no hace más que incrementar el defecto. Y el tiempo lo convierte en hábito, en fingida cualidad del carácter. Admiro a quien se estima, pues es fundamental, pero menosprecio notablemente a todo aquel que jamás se ha mirado al espejo o, peor aún, ha visto algo completamente distinto de la imagen que, en verdad, éste le devuelve.

11 octubre 2008


Mujer, René Magritte



La vida y sus enseñanzas. Dejando de lado el sexo, se podría llegar a la conclusión de que una de las sensaciones más placenteras en el hombre provocada por la conducta de una mujer, es, sin lugar a dudas, ese agradable estado anímico, a veces fugaz, producido al escuchar el sonido de su risa. Ustedes coincidirán conmigo, en que es el sonido de un logro; se suele dar con menos frecuencia de la deseada. De hecho, si no fuera por esa búsqueda insaciable de proximidad y posterior contacto carnal, el hombre se contentaría con dicho objetivo. Pero estamos hechos de carne, dicen. Y así el hombre coqueto tiene la creencia, arraigada como una madre, de que una simple mirada por parte de una mujer, aun no sostenida, es motivo fundamental y fundamentado para asegurar ante los de su sexo los declarados deseos que su presencia provoca en ese ánimo ajeno. Mi madre, precisamente, asegura que todos los hombres somos coquetos. Es más, reitera, somos bastante peor que las mujeres, al respecto. El hombre brusco, con modales de aldea, tiende a buscar primero el contacto. Y luego ya, si es que se da la extraordinaria ocasión, quizá incluso hable con ella. Curiosa e inexplicablemente, hay muchas mujeres que no solo consienten este tipo de comportamiento, sino que se sienten en plena sintonía con él. Inexplicablemente, por esa certeza impepinable de que la mujer es, ante todo, un ser comunicativo. Y la carne no habla, sugiere. Por eso es absolutamente sensacional observar el esfuerzo de la gente, a través de sus cuerpos, por establecer un nuevo sistema de comunicación.

En cualquier caso, es verdaderamente frustrante, además, no conseguir ese estado de felicidad efímera también en la mujer. No hacer reír, es fracasar. Y conseguirlo con demasiada frecuencia, ni siquiera deja una amarga duda: que las razones del éxito no se deban a una cara bonita.

Correspondencias/ Vanessa Ordás

10 octubre 2008

Ciertamente, tiene que ser muy duro;


sobre todo, para los demás.





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-Hombre, Javier, qué derroche de tinta el post de hoy.
-El buen entendedor no la necesita.
-Tengo en casa una silla igual.
-Siempre me ha parecido usted un hombre muy profundo.
-Hay quien lleva el alma en la superficie; quizá busca en el lugar equivocado.
-Casualmente, eso mismo, me lo llevo preguntando toda la vida.
-¿Y la entrevista del otro día?
-Dragó y Jodorowsky. Fumar en pipa, que dice mi padre.
-¿Le ha dado ahora por el esoterismo?
-Quite, quite, eso fueron vicios de juventud, nada importante.
-¿Entonces?
-La vi en directo; me impacto. Luego leí el libro. Tenía poco gas. Dosificó, supongo.
-No diga sandeces, Javier; le tenía por hombre juicioso. Se trata de un montaje.
-Ah, hombre de poca fe. Esas lágrimas; ese inexplicable efecto taumatúrgico…
- No frecuenta usted el teatro.
-Y luego están Freud, Jung… siempre me han tirado mucho.
-Tal vez demasiado.
-Tal vez, claro.

09 octubre 2008

Me entero a través de este excelente blog, de que nuestros vecinos gozan de un puritanismo sencillamente extraordinario. Y es normal, claro. Dado que sus dirigentes tienen una actitud, en cuanto a ética de faldas se refiere, intachable; y no hay libro de estilo que no aconseje predicar con el ejemplo. Pero la gente es mala. Quiero decir, malpensada. Lo sabemos. Y así se contaron historias, y nos las creímos, sobre los idilios de Carlos cuando aún era hombre casado, con ya saben quien; y llegaron rumores, que rugieron mucho, sobre la última tentativa de Sarkozy para recuperar a la que fue su mujer, y que se quedaron, pues eso, en intento. De ahí que con estos precedentes, y algún otro, casi bucólicos, se pueda considerar absolutamente normal la actitud tomada este verano por Francia e Inglaterra: ¡prohibieron el anuncio de un refresco para preservar el normal desarrollo de la moral infantil! Es decir, con esta actitud, trataron de no adelantar conocimientos de índole sexual a sus criaturas. Criaturas, nada hoy día es lo que era, que lo descubrirán ellas mismas dentro de unos años en los baños de cualquier discoteca. Esta mojigatería pedagógica, es evidente, sólo puede traer problemas. Lo prohibido, lo desconocido, todo aquello sobre lo que no se está suficientemente informado, atrae. Atrae con una fuerza espantosa. Es ese “no toques eso” que se le dice al niño momentos antes de que efectivamente lo lleve a cabo. Pero en fin, así está el sexo en el mundo: despendolado.

08 octubre 2008

Leo en la prensa de mi ciudad, pródiga en narrar sucesos de gran importancia, que ciertos políticos locales ciertamente afines a unas siglas concretas han achacado a otros políticos aún más comprometidos con otras siglas también determinadas, en apariencia distintas, aunque en realidad inquietantemente similares, haber sido artífices de que la famosísima, por el desconocimiento de la misma, feria medieval de San Froilán, este año llamada mercado árabe, haya pasado sin pena ni gloria alguna. Pero así son los políticos, siempre pendientes de lo que en realidad importa. Aunque a mi mismo, todos estos años, siempre me ha parecido cosa obscena llamarla feria. Pues simplemente consta de un minúsculo número de puestos que ocupan tres calles, igualmente minúsculas. Claro que algún nombre había que darle. Y ya saben que el mundo, es mundo, desde su bautizo. Ahora bien, lo que no falta es empeño. Y en buen uso de este, entiendo que para dotar al paisaje de mayor realismo, se suele cubrir la calzada de paja fresca, crujiente, vistosa. Un poco sucia, sí; un poco como mal colocada, también. Pero es que, y esto es lo mejor de todo, incluso huele y resbala como la paja. Dando a entender al ciudadano que, en los tiempos que corren, más vale tener pituitaria atrofiada, y calzado de buen Zapatero.


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Lencería, para vestir ella; para disfrutar él: qué difícil es a veces fijar la vista en la prenda.


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Esta anécdota de Ferrand, edulcorando las palabras que vale una imagen: “Uno de los sucesivos sires de Chesterfield, no sé si el sexto o el séptimo lord, padecía gota. El ácido úrico no le dejaba vivir y le mantenía en vilo de dolor y angustia. Un mercader de vinos, establecido en Jerez y en Oporto, mayorista en Londres, le contó al lord las glorias de un oloroso con capacidad taumatúrgica para aliviar las penas de la gota. El noble inglés, después de aplicarse dos o tres dosis de tan singular remedio, respondió al vinatero: «He probado su jerez y, francamente, prefiero la gota»”.

07 octubre 2008






06 octubre 2008

La imagen de un nombre. Su precio estimado. Y el sonido aproximado de su digestión:

05 octubre 2008



Pérez-Reverte, hombre, al fin y al cabo. Magnífica persona, sin duda. Ustedes, ¿conocen a algún librero que no tenga ni la más remota idea sobre el artículo que vende?; ¿no?, pues, vénganse a León, y les mostraré a unos cuantos. Casi, uno por librería. Además, quisiera dejar constancia, muy leve, del exquisito regalo con que se tratan; como de señora decrépita envejecida por su dinero, su codicia, su avaricia y su modo de haberse conducido en la vida, para, al final, terminar sus días en una soledad nada envidiable, aunque, eso sí, con una dignidad grande, pomposa, casi molesta. Ejemplares humanos, por lo que se lee, cada vez menos exóticos. Se ha perdido, si es que alguna vez se ha llegado a tener, todo vestigio de romanticismo en los oficios. Ese glamour presuntuoso de pertenencia a un oficio, un gremio, una familia. Hogaño no se es lo que se quiere, sino lo que se puede. Y de poder elegir, desde luego, se escoge aquello que más interese. Todo esto no es nuevo. Aunque nada, o muy pocas cosas, lo son. El resultado de esa operación aritmética vital parece notorio: ese irritante fastidio provocado cuando se come en casa del herrero.

Por otra parte es una verdadera lástima, una pena muy grande, que decía la copla, que el artículo del señor Reverte no incluya una instantánea de la señorita que intentó hacerle de su causa; si acaso cupiese distinción de causa, claro. Esas piernas prometían. Y siempre causa un enorme y feo disgusto, ¡ay!, ver el postre y no probarlo.

04 octubre 2008

Hay un columnista al que desde hace tiempo sigo con la misma salivilla digestiva que me aparece cuando degusto a Arcadi Espada, Ignacio Camacho o a Raúl del Pozo. Escribe en ABC. Normalmente tres artículos a la semana. Y háganme caso, este hombre, además de oficio, tiene sabor. Sus artículos son columnas robustas, bien formadas, a la par que elegantes y adecuadamente ornamentadas. Y, además, deja un regusto, ciertamente adorable. Me gusta mucho. Su nombre es Tomás Cuesta. Les copio un extracto histórico de su columna de hoy: “En el año 78 antes de Cristo, el joven Cayo Julio -expulsado por Sila de la ciudad eterna- ponía rumbo a Rodas para cursar un «master» de oratoria con Apolonio Molo, espejo de elocuentes. La travesía se fue a pique cuando un enjambre de truhanes dio caza al bajel a fuerza de remos y recaló con el botín en su escondido abrigadero. Entre los capturados sobresalía un personaje ataviado ricamente que había presenciado la función desde la más absoluta indiferencia. El jefe de la banda intentó que el patricio le ofreciese una suma por salvar el pellejo y obtuvo por respuesta una mirada de desprecio. Enrabietado, dejó que sus esbirros se ocupasen de tasar la presa. Pongamos diez talentos, calcularon, por pedir que no quede. El capitán escupió bilis en la toga del vanidoso muchachuelo y envidó el resto. Diez talentos no, veinte, a ver si así escarmienta. Julio César, entonces, quebrantó su silencio: «¿Veinte? Si conocieras tu negocio no me liberarías por menos de cincuenta»”. Qué no aprenderíamos de la historia, si no nos fuese tan desconocida…

03 octubre 2008

Leer

Leer siempre es un placer. Leer, casi, cualquier cosa. Aunque no en todas las personas tenga el mismo efecto. Ni a todas aproveche del mismo modo. Pues en su versatilidad causal está su gran riqueza. Experiencia silente y valiosa, enriquecedora y entretenida, educativa y emotiva. Leer, nos hace más humanos, más personas. Sensibiliza ese duro caparazón formado en nosotros por la lucha diaria en la vida, en la sociedad. Nos ayuda a ver lo bueno de las cosas malas; lo no tan bueno de las cosas que creemos óptimas. Una persona leída, que se decía antaño, enriquece una conversación, aporta contenidos novedosos y bien fundamentados a cualquier charla y, en general, suele ser un placer escucharla. De ahí que escuchar, sin duda, sea otro de los grandes placeres en esta vida; aunque, desgraciadamente, esta característica cada vez se perciba menos en las personas, como si el paso del tiempo la hiciese prescindible. Además, la lectura no sólo cunde a quien la realiza, sino también a su entorno. El inconsciente es una inmensa grabadora que fagocita veladamente todo aquello de que se nutre el desarrollo personal del sujeto. Y, tarde o temprano, esta información latente comienza a mellar el recipiente que la guarda.

Vamos con mi ombligo. Actualmente, estoy leyendo La Regenta. Debería haberla finiquitado ya hace tiempo, pero éste es, precisamente, el que me ha impedido hacerlo. El motivo fundamental de escoger esta lectura es completar la visión que en el siglo XIX se dio a la mujer en la literatura. Y comprobar de facto, si es que es posible, la evolución que la misma ha experimentado. Hay tres lecturas fundamentales al respecto: Madame Bobary, La Regenta y Ana Karenina, con la que me pondré en el momento en que termine con la de Vetusta. He de decir que la novela de Clarín me está encantando. Su estilo es sobrio, inteligente, impecable. Pocas plumas actuales, si es que hay alguna, serían capaces de lograr un resultado siquiera aproximado. Aunque su protagonista es igual de caprichoso, romántico e idealista que el de la novela de Flaubert, que ya he leído, e incluso asimilado, gracias, por otra parte, a que mi edición comentada incluía párrafos de un ensayo fabuloso titulado Orgía perpetua, cuyo autor es Mario Vargas Llosa, y que no sólo se conforma con desmenuzar el Bovary, sino que, además, realiza una comparativa con pasajes de La educación sentimental; el resultado es, sencillamente, maravilloso.

Venía de leer Te daré la tierra, que es una buena novela histórica. Pero el paso a la obra de Clarín fue casi traumático. Como pasar de un Don Simón a un Vega Sicilia Reserva del 98. Basta leer sus primeros párrafos para darse cuenta de que se está ante una de las grandes obras maestras de la literatura. Y en cualquier caso, para muestras, a mí, siempre me ha gustado dar botones. Les transcribo dos párrafos de su capítulo XVI:

“Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre. Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro”.

“Amaré, lo amaré todo, lloraré de amor, soñaré como quiera y con quien quiera; no pecará mi cuerpo, pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no es capaz de comprenderlas”.

Como ven, la señora del ex-Regente de Vetusta, es un espíritu inquieto y frágil y desdichado. Lo que me lleva a pensar que la vida, está llena de personajes escapados de la literatura. ¿O será al revés?. Pasen un buen fin de semana. Gracias por leerme.

Correspondencias/ Julián Mateos González

Ala, ahí te va un video de uno, si no el mejor, de los mejores guitarristas del mundo Slash de Guns 'n Roses, me imagino que te suene esta versión, ¡es muy grande!:



Un abrazo, don Javier (que guasa tiene el jodido).

02 octubre 2008

Qué maravilla. Acabo de llegar de cortarme el pelo. Mi querida peluquera se había ido de vacaciones justo, justo, cuando más falta me hacía. Y a pesar de que mi aspecto ante el espejo era bastante aproximado al de la señorita que desfila por ahí abajo, esperé su retorno. Ustedes comprenderán, yo que lo sé, que un hombre, después de su mujer, sólo debería ser fiel a su peluquera. Pues uno, con la edad, ha llegado a la conclusión de que en la vida hay determinadas cosas que por su delicadeza sólo deberían recaer en manos cualificadas. Y el pelo, lo sabemos quienes lo tenemos, es una de ellas. Como soy de pocas palabras con la gente con la que aún no he cogido confianza, cambiar de peluquero se convierte en una cuestión de gran seriedad. Casi tanto como el guardarse, una vez cogida la vez en la carnicería, de que una de esas muchas señoras que pululan rolser en mano por la ciudad, y que gastan más cara que espalda, no se le cuelen a uno.

La pobre peluquera estaba un poco agobiada en su vuelta al trabajo. Parece ser que un servidor no era el único que veía descuidada su imagen frente al espejo. Y mis queridos vecinos del barrio, añoraban a la buena profesional del corte capilar, como antaño se añoraba las comidas y mimos de las madres cuando un hombre iba en busca de su hombría, que no todos la encontraban en un puticlub, como el presi de Cantabria, sino en el servicio militar obligatorio. Del que alguno volvía trasquilado, y ya no se recuperaba.

Por cierto, hablando de peluqueras, no sé si habrán tenido la fortuna de ver el programa Al pie de la letra, de Antena 3. Han modificado el formato de concurso y ahora acuden pequeños grupos. Esta semana, por ejemplo, se están batiendo el cobre unas señoritas peluqueras, muy monas ellas. La escena ofrecida por el programa es verdaderamente entrañable, pues, en esta vida, perra y mala, no todas las personas aparentan lo que son; estas peluqueras, en cambio, sí que lo aparentan. Aunque yo, en realidad, cada vez que las veo, egoístamente, sólo me acuerdo de sus propios clientes, y de cómo estarán esperando en su barrio a que las echen de una vez y vuelvan a sus casas.

Era el primer día en una peluquería tras las vacaciones, quia. Como soy una persona educada, pregunté a la peluquera que qué tal las mismas. A continuación, como me considero un hombre ciertamente original, curioso, y así se lo hice saber, también indagué a ver si por alguna extraordinaria casualidad, además, era el primero que se lo preguntaba. Nos reímos mucho. Coger confianza con la persona que le corta a uno el pelo tiene estas cosas. El anterior cliente, con orgullo de barrio, y síntomas de haberle raspado la vida el físico, le soltó una retahíla de chistes a cual más machista. Ella sonreía, y le decía que quizá, quizá, le hiciesen más gracia a otro. Su pelo debía ser bastante grasiento, ya que cuando me levantaba para ocupar mi sitio, en el cómodo y aterciopelado asiento de la peluquería, casi me resbalo y doy de bruces contra el anciano. Al que mi movimiento torpe, no le hizo la misma gracia que sus elaborados chistes.

Una vez en sus manos, en las de la peluquera, se entiende, me dejé llevar. ¡Qué otra cosa puede hacer un hombre en tal tesitura! Y, además, es de buen suponer, que habrán llegado a la conclusión de que salí de la peluquería, pues eso, hecho un hombre. Buenos días. A ver si me pongo a estudiar, que ya es hora.

01 octubre 2008

Las modas crean tendencias, gustos, actitudes. Y ahora, también, destronan asertos. Para Maison Martín Margiela, por ejemplo, el calvo ha dejado de ser una referencia. Y, por si no tuviera bastante, ha relacionado peinados y motivos silvestres, como pequeños arbustos, frondosos, sin podar aún.





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Hay una ley, de entre todo el entramado jurídico que se ha parido estos años, que se puede considerar, sin temor al yerro, de conspicua e inútil parida. Esta es, la Ley Orgánica 3/2007, de 22 de Marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Es inútil, digo y mantengo, por cuanto de absurdo tiene regular algo ya logrado, de facto. Mérito vacuo. Y, además, contraproducente, porque da publicidad a la consideración de que la mujer es, hasta para sus más acérrimos defensores, y en cuanto a aptitud se refiere, un ser inferior. Necesitado de ayuda, atención, apoyo gubernamental para encontrar sitio en este mundo en realidad regido por las leyes de la naturaleza, ese machismo implícito en la vida.

Pero pensemos, sin ser excepcionales, ¿cómo puede una mujer de valía no cuestionarse si es absolutamente necesario que la única forma de conseguir sus aspiraciones sea acatando una imposición legal a costa de sus propios méritos y capacidades? Y, algo obvio, ¿es preferible una igualdad genérica a una igualdad meritoria?

Seamos serios, la búsqueda de una igualdad real ha llevado a que la mujer, nunca antes, haya estado peor valorada.

Excusatio non petita…después de un año de vigencia legal, mi comentario, aunque no ha sido el primero al respecto, les parecerá extemporáneo, claro. Pero dados sus efectos en nuestra realidad hodierna, y, sobre todo, dado que en el último mes he leído más de diez artículos relacionados con la guerra civil española, permítanme sacar pecho, y afirmar, que es de rabiosa actualidad.




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Josef H. Reichholf, quédense con este nombre, asegura que “el hombre se volvió sedentario para fabricar cerveza y emborracharse”. Es una verdadera lástima que la noticia no explicite que este biólogo, además de titulación académica, posea una afición desmedida a Los Simpson. Entre sus aseveraciones también destaca, “que la agricultura surgió de una situación de abundancia”, y no de necesidad por hambre, que es lo que afirmo yo, aun a costa de que se me enfade algún eventual lector biólogo. Y no sólo la agricultura. Todo, absolutamente, en la historia de la humanidad, ha nacido de la necesidad; no de la abundancia. La abundancia aletarga, oxida, atonta. Parece increíble que este hombre, precisamente, sostenga lo contrario. Y, más aún, que lo publique.