Jam Session

Política, literatura, sociedad, música

Correspondencia: fjsgad@gmail.com
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Lugar: León, Spain

En plena incertidumbre general, y de la particular mejor no hablamos, tratando de no perder la sonrisa...

30 julio 2008

Un día de boda.


Dice el refranero castellano, que sabe por viejo y por diablo, que Dios los cría y ellos se juntan. Circunstancia natural que en ocasiones tiene como resultado de esa previa selección biológica que llevamos a cabo, de modo más o menos consciente, y de modo más o menos atinado, una boda. Acontecimiento este al que acudimos el pasado Sábado unos cuantos compañeros de facultad. Se casaban Nazaret y, como hipocorísticamente le llama su mujer, Carlitos. Ella es una de las mejores amigas que he tenido ocasión de conocer en la universidad y en mi vida (corta pero con gran número de conocidas). Y a mí todavía me parece increíble que esta chiquilla risueña con la que tantas, y tan largas, conversaciones mantuve durante la carrera, pasase el fin de semana por este trámite que ineluctablemente marca un antes y un después en la vida de toda persona.

Se casó en la Pulchra Leonina. Esa joya gótica que hace de la ciudad de León, en general pequeña y simplona aunque apañadita, un lugar coqueto e incluso distinguido. Casarse en la catedral, evidentemente, no es lo mismo que casarse en la iglesia del pueblo, con el cura que casó a tu madre, si es que Dios aún no lo ha llamado a su lado, y con un entorno bucólico sin parangón en la urbe. La catedral transforma, más aún si cabe, ese momento especial en algo verdaderamente sobrecogedor, tremendamente bello, digno de admiración. Es realmente por estas circunstancias, y no por el glamour que inexorablemente adquirirá el vídeo del enlace, por lo que la gente acude esperanzada a casarse al templo gótico. Claro que como todo en esta vida tiene su cara y su cruz. No se podía tirar arroz a los novios. Arroz que, según tengo entendido, simbolizaba antiguamente una próspera e ingente fertilidad. En otros territorios de la península, en vez de arroz, se lanzaba a los recién casados garbanzos u otros productos de la tierra, que si bien servidos en caliente hacían las delicias de los paladares más exigentes, arrojados sobre las cabezas y personas de las mismas, podían resultar un punto molestos. Aunque, eso sí, merecía la pena contemplar durante el enlace los fantásticos retablos, las magníficas vidrieras y escuchar el extraordinario sonido del órgano magníficamente interpretado por uno de los organistas de la catedral.

En la ceremonia, un servidor, tenía que leer. Diré, ante todo, que fue un honor ser elegido para dicha circunstancia. Aunque estaba un poco nervioso. Y cuando me traicionan los nervios mis extremidades tienen por costumbre no obedecerme por completo, causándome tropiezos y otros avatares que, por fortuna en esta ocasión, no se dieron. Además el cura tuvo la amabilidad y delicadeza de recordar por el micrófono que el encargado de las peticiones podía subir cuando quisiera, si bien mejor cuanto antes, y así el momento en concreto de leer, que fue una de mis preocupaciones la noche anterior, finalmente no tuvo mayor dificultad. Los novios se mantuvieron serenos en todo momento; y más bien, me inclinaría a decir, daba la impresión de que los que se casaban eran algunos de los invitados.

Al término del procedimiento canónico preceptivo, que el paisanaje conoce con el nombre de misa, comenzó la apoteósica fiebre fotográfica. No sólo por parte de los profesionales de lo suyo que tienen una obligación moral y contractual que les constriñe, sobre todo esta última, a trabajar, sino también por parte de alguno de los invitados, como mi amigo José Vicente, que realizó todo un reportaje fotográfico que ya lo quisieran para sí muchos novios y novias; y padres y padrinos y primos y primas de los mismos.

Tengo que reconocer que no soy nada fotogénico, aun con el empeño que pongo en poner cara de foto. Supongo que será por forzar rasgos naturales de mi cara que no se corresponden con el momento determinado, como una sonrisa, un puchero o un tururú; el caso es que cuanto más esfuerzo le dedico, peor es el resultado obtenido: algo, extraordinariamente parecido a lo que me ocurre con las mujeres.


Hablando de mujeres: mis queridísimas compañeras estaban guapísimas. Aunque confieso, algo travieso, que no se lo dije a ninguna. Pues nunca me ha gustado comentar lo obvio. Para un hombre asistir a estos eventos no tiene mayor dificultad: traje, corbata y gomina. Pero para una mujer, ¡ay sí!, la cuestión es otro asunto. No quiero ni pararme a pensar, ni por un instante minúsculo, el inmisericorde pateo a que someten a sus pies hasta dar con el traje de sus ojos; pateo al que naturalmente, quedan sometidos los pies de sus respectivas parejas. Pero ahí no acaba el asunto, claro. Cuando el ajuar imprescindible, esto es, vestido, chal, bolso y zapatos queda confinado en el armario hasta el esperado día, el mismo día o la víspera, acuden al peluquero, como si de un santo de la madre iglesia se tratara, a poner sus espléndidas cabelleras a buen recaudo. Y entonces, ya si. Ya no acuden las mujeres que uno ha conocido toda su vida, sino una especie de princesitas escapadas de un cuento de hadas, con la imperiosa necesidad de mostrar sus resaltados encantos por doquier. A mí, personalmente, me causa un gran placer observar el desfile de modelitos de las mujeres durante el banquete. Y ver cómo los hombres, esos seres infinitamente despistados y despreocupados por las secretísimas inquietudes femeninas, en cambio, muestran auténtica premura por llamar al camarero cuando se ha acabado una botella de vino.


En fin, mi tiempo y mi relato se han consumido. En cuanto al banquete y posterior baile, delicioso y divertidísimo respectivamente, nada curioso vinieron a aportar; circunstancia que, indirectamente, me ha ahorrado, por lo menos, un par de párrafos. Así que, como no podía ser de otro modo, mis más sincera enhorabuena a los novios. Y también a los invitados, claro; aunque para nosotros, de momento, no haya perdices.


Pensamientos profundos: “mi madre era alemana y mi padre francés; la primera vez que se vieron ninguno de los dos comprendió lo que decía el otro, así que se casaron” Groucho Marx. Buenas tardes. Y, como siempre, gracias por leerme.

25 julio 2008

Correspondencia/ Elías García Vidales

Me ha pasado un compañero de curso este correo, extraordinariamente parecido a un monólogo de Nancho Novo; lo cuelgo para que disfruten de su lectura e ingenio. Ah, y ya saben ustedes que cualquier parecido con la realidad, es pura casualidad:

Ella te quiere como amigo:

Hasta ahora pensaba que la peor frase que te puede decir una tía es: “tenemos que hablar...”. Pero no, la peor frase que te pueden decir es: “yo también te quiero... pero solo como amigo”. Eso significa que para ella tú eres el mas simpático del mundo, el que mejor la escucha, el mas enrollado... pero que no va a salir contigo.Va a salir con un impresentable que sólo quiere acostarse con ella.Eso sí, cuando el otro le haga una putada, te llamará a ti para pedirte consejo.Es como si vas a buscar trabajo y te dicen: “Señor Gutierrez, es usted la persona idónea para el puesto, el que mejor vitae tiene, el más preparado... pero no le vamos a contratar. Vamos a coger a un incompetente. Eso sí, cuando la cague,¿le podríamos llamar a usted para que nos saque del lío?”

Me pregunto, ¿qué he hecho mal?. Hemos ido al cine, nos hemos reído, hemos pasado horas tomando café... ¿A partir de qué café nos hicimos amigos?, ¿del quinto? ¿del sexto? Joder, eso se avisa. ¡uno menos, y ahora me estaría acostando con ella!

Para ellas un amigo se rige por las mismas normas que un Tampax:

.Puedes ir a la piscina con él, montar a caballo, bailar... lo único que no puedes hacer con él es tener relaciones sexuales.

.Es que si lo piensas... si para una tía considerarte “su amigo” consiste en arruinar tu vida sexual, ¿qué hará con sus enemigos?, a mi me parece muy bien que seamos amigos, lo que no entiendo es por qué no podemos “follar como amigos”.

.Yo creo que la amistad entre hombre y mujeres no existe, porque si existiera, se sabría. Lo que ocurre es que cuando ella te dice que te quiere sólo como amigo, para ella significa eso y punto. Pero para ti no. Para ti significa que si una noche estáis en la playa, ella se emborracha, hay luna llena, se han alineado los planetas y un meteorito amenaza la Tierra... ¡A lo mejor consigues enrollarte con ella!

Por eso tragas, porque nunca pierdes la esperanza. ¿Qué se lía con Oscar?, pues ya romperá... cuando lo hace, tú atacas con la técnica de “consolador”: “No llores, el Oscar ese es un chulo. Tú te mereces algo mejor, un tío que te comprenda, un tío que sepa estar ahí cuando lo necesitas... que sea bajito, que sea castaño, que no sea muy guapo, que se llame Javier... como yo”.

Al menos, siendo amigo puedes meter cizaña para eliminar competencia. Es la técnica del 'gusano miserable'. Cuando ella te dice:

“ay, que majo es Paco, ¿verdad?

¿Paco? Es muy majo, sí... un poco bizco.

No es bizco, lo que pasa es que tiene una mirada muy tierna.

Sí, en eso tienes razón, me fijé el otro día, cuando miraba a Marta.

No la miraba a ella, me miraba a mí.

¿Ves como es bizco?

El colmo es que las tías consideran que tienen una relación “superespecial” con un tío cuando pueden dormir con él en la misma cama y que no pase nada. Pero bueno, ¿lo “superespecial” no sería que sí pasara algo?

Un día después de una fiesta, te quedas ayudándola a recoger, como haces siempre, y cuando acabáis, ella dice:

Huy, es muy tarde, ¿por qué no te quedas a dormir?

¿Y donde duermo?

Pues en mi cama.

A ti te tiemblan las piernas: '¡Ésta es mi noche, se han alineado los planetas!'.

Al rato te das cuenta de que no son precisamente los planetas los que se han alineado, porque ella, como sois amigos, con toda la confianza, se te queda en camiseta y bragas, y tú, visto lo visto piensas: 'Me voy a tener que quedar en calzoncillos... con la alineación de planetas que llevo encima'. Así es que te metes en la cama de un brinco y doblas las rodillas para disimular. Ella se mete, te pega el culo y te dice: 'Hasta mañana'. ¡Y se duerme! 'Pero bueno, ¿cómo se ha podido dormir tan pronto? ¿Pero esta tía no reza ni nada?'.

¡Estas acostado con la tía que te gusta!. Al principio no te atreves a moverte, para no tocar nada. Sabes que si en ese momento hicieran un concurso, nadie podría ganarte: eres el tío mas caliente del mundo. ¡Y que larga se te hace la noche!. Te vienen a la cabeza un montón de preguntas:

'¿Tocar una teta con el hombro será de mal amigo? ¿Y si es la teta la que me toca a mí?'.

Pero después de muchas horas ya sólo te haces una pregunta:

'¿Seré realmente gilipollas?'

No puedes creer que estéis en la misma cama y no vaya a pasar nada. Confías en que en cualquier momento se dé la vuelta y te diga: 'Venga tonto, que ya has sufrido bastante, ¡hazme tuya!'. Pero no. A las tías nunca les parece que hayas sufrido bastante. Y mira que sufres...porque tienes toda la sangre del cuerpo acumulada en el mismo sitio. Se han dado casos de hombres que han llegado a reventar.

Pero ahí no termina tu humillación. A las siete de la mañana suena el timbre de la puerta:

¡Ay, es Oscar!

¿Oscar? ¿Pero no le habías dejado?

Ya te contaré, que ahora tengo prisa. Se me olvidó decirte que iba a traer su perro, porque como nos vamos a Baqueira, yo le dije que el perro mejor que contigo no iba a estar con nadie. Y para colmo cuando entra Oscar te dice:

¿Eres tu su amigo?. Tienes mala cara, ¿has dormido bien?

Así que al final te quedas con el perro, que ése sí que es el mejor amigo del hombre.

24 julio 2008

Siempre causa un placer inmenso que las tostadas del desayuno se trasladen a la prensa. En los periódicos de hoy, hay un artículo que viene especialmente cargado de mermelada. En La Razón, José Luis Alvite, pone en boca de Joan Crawford hermosas palabras, sabias, eruditas, precisas, exactas, demasiado improbables para la siempre hermosa boca de una actriz: “Cuando me di cuenta de que por haber envejecido ya no podía meter a los hombres en mi cama, comprendí que había llegado el momento de desarrollar las cualidades que me permitiesen meterlos en mi conversación (...). La cultura es un gran sustitutivo del sexo. No se acuestan conmigo los hombres que desean a Jane Fonda, pero me miran con cierta lascivia aquellos otros que desearían acabar entre mis piernas aunque sólo fuese para imaginar que echaron un polvo con Oscar Wilde”. No me digan que no son deliciosas.

23 julio 2008

Acabo de llegar del pueblo. Hoy, finalicé el curso que me ha tenido subyugado temporalmente, más de lo acostumbrado, desde mediados del mes de Mayo. Me ha dado mucha pena. Y, como a casi todo lo que me da pena en esta vida, le dedicaré un post un día de estos. Lo echaré de menos. Aunque agradezco enormemente tener más tiempo para estudiar, ensayar, leer, pasear, escribir (o como ustedes llamen a esto que leen) y quedar con alguna despistada de su propia suerte. Como es de rigor, he inaugurado este pasajero regalo temporal, marchándome raudo al pueblo toda la tarde. El pueblo, es ese apacible lugar en que antaño se escuchaba el suspiro de grillos y grillas y, hogaño, esa apacible atmósfera, se ha trocado en un deambular continuo de jovenzuelos, con total desprecio por la armonía del paisaje, sobre sus ruidosos quads. En esa tesitura, y para combatir la sonoridad de estos bisoños divertimentos, cogí la manguera. Me explico. No siendo que haya algún lector, de apellido libidinoso, que me tome la expresión anfibológicamente; aun con lo difícil que es tomarse las expresiones de esa manera. O sea, comencé regando las florecillas y el jardín como si en alguna otra ocasión lo hubiera hecho en mi vida. Incluso puse ciertos poses que harían suscitar las envidias más aviesas de avezados jardineros. Pero, por supuesto, no todo en esta vida iba a ser manguera. El pueblo siempre es buen lugar para el estudio de las materias más arduas y plúmbeas. Es, precisamente, por esta razón, tras mi pequeña sesión de jardinería, por la que me puse a la sombra de un manzano a entresacar los vericuetos jurídicos de la casación laboral. Sabiendo a ciencia cierta que no corría el riesgo, ni tan siquiera minúsculo, de que sobre mi frágil cabecita cayese una gran manzana; aserto al que me aferro, como si algo descubriera, por la época en que nos encontramos, claro. Y todo iba bien. Pero, tengo la buena y sana costumbre, y otras muchas buenas y sanas que no les cuento, de realizar el preceptivo descanso leyendo. Adiós, como seguramente habrán intuido, al estudio. Hay quien utiliza su descanso para rascarse salva sea la parte. E incluso quien prolonga, en tan alta actitud, ese descanso toda la vida. Pero a mí, ¡qué quieren que les diga!, me dio por la lectura. Habrá vicios peores; no les voy a decir que no. Pero es aquí cuando tengo que agradecer, profundamente, mi querencia por la lectura. Y en la actualidad por Dickens; Grandes esperanzas, nada menos. Ya disfrute el pasado verano de la lectura de Los papeles póstumos del club Pickwick, hilarante retrato de la clase alta de la sociedad inglesa decimonónica. Sin embargo, Dickens es algo más que hilaridad y derroche de elegante ironía; aunque esto lo convierte en un escritor absolutamente extraordianario. Me asombra quien afirma que leer a Dickens deprime. Vaticino, si de algo sirviera, que nada le hará feliz en la vida. Aunque, eso sí, auténtica pena me dan quienes jamás se asomen a sus páginas; la ternura de sus relatos, la minuciosa descripción de ambientes, la conspicua caracterización de sus personajes…en fin, leer a Dickens puede que no cambie a nadie la vida, pero quizá sí la forma en que pasar por ella. Y créanme, no se dan una idea de lo que educan, ¡con la falta que hace!, algunas lecturas. Claro que sólo saben, o aprecian, el verdadero valor de la cultura aquellos que la tienen. Para el resto, tiene el mismo valor que esas monedillas de céntimo que socarronamente nos devuelven en la panadería. Y es que es harto difícil vivir la vida siendo una especie exótica, criando tanto adocenado el pan. Gracias por leerme. En cierta manera, y aunque no será a diario hasta el fin del estío, he vuelto. Buenas noches.

21 julio 2008


Lo que mi madre llama su hijo mayor: sentado, de negro y con barba de cuatro días. En compañía de parte de mis compañeros del curso que mañana pondrá fin a sus días.

15 julio 2008





“El primer trauma del hombre llega cuando entiende que la felicidad completa sólo existe en la infancia. Luego, ese espejo de sonrisas, de plenitud, se va cuarteando, se hace añicos, y, aunque siempre seguimos mirándonos en él, buscando el deleite y la satisfacción, sabemos que aquella intensidad de la infancia ya no existe. Somos felices, sí, pero tras cada instante de placer se esconden angustias y recuerdos, ausencias y frustraciones, que acaban reduciendo la felicidad a ese instante”.
Javier Caraballo.

08 julio 2008

-Javier, es usted un mentiroso.
-Créame, no acostumbro.
-Me pareció entenderle que se dejaría caer por sus pagos al menos una vez por semana.
-Siento profundamente no poder ser dueño de sus entendederas. Revíselas.
-Me escama su molicie displicente verbal.
-Y a mi su fingida sinceridad, tan alejada de la verdadera educación.
-El caso es que ha faltado a su palabra. Se está usted adhiriendo a la sociedad.
-No me considero especialmente pegajoso. Ni siquiera para algo tan extraordinario como mujeres con gusto por hombres, ¡auténticos!, y no sucedáneos. He aquí, por fin, un buen ejemplo.
-Veo que aún no se ha enterado de que sus consideraciones particulares sin coincidencia general deberían mantenerse silentes.
-No acostumbro oír las voces del rebaño. Aunque ya sabe usted que todo se pega. En cualquier caso, siga su propio consejo. Todo el mundo debería hacer caso de lo que aconseja a otros.
-No me cambie de tercio, Javier. Para cuando…
-Tenga paciencia. Ya queda menos.
-¿A diario?
-En Septiembre seguro, quizá antes.
-Por cierto, hoy estamos a 8 de Julio.
-Y parece que fue ayer…

01 julio 2008

Siento verdaderamente no poder estar con ustedes en mejores condiciones. Créanme, si les digo que no tengo tiempo ni siquiera para escribir lo que ahora mismo están leyendo, lo cual es una contradicción palmaria, pero ya saben, y si no se lo digo, que soy un hombre que no puede, ni debe, vivir sin sus vicios. Como es menester, salutífero y desiderativo, no alargarme en demasía, lo que además de contradictorio sería molesto, haciéndome eco de la aseveración de Baltasar Gracián, al que se le atribuye aquello de lo bueno, si breve, dos veces bueno, les dejo con 10 razones que en su libro La grieta da Javier Fernández para ver la tele y desechar ese objeto que el diccionario denomina, con exactitud matemática, como libro. Nos las resume, gentilmente, Alejandro Gándara en su magnífico blog literario. Ahí les van:

1. La tele supone menos esfuerzo y hace menos daño al cuerpo. Además, no resulta incompatible con el descanso.

2. En la programación de TV se puede influir, tiende a la interactividad, está mejor adaptada a nuestra época.

3. En la tele hay de todo y a menudo cosas que no esperabas. En el libro, una vez leído, todo es ya previsible. Proporcionalmente y en este aspecto, es más caro un libro que un televisor.

4. Un telediario contiene información equivalente a horas de lectura. Al mismo tiempo, las interrupciones comerciales aportan consejos necesarios para nuestra comunidad de consumidores.

5. La lectura aísla y ensimisma. Ante la pantalla se crean lazos.

6. La tele integra al espectador en la sociedad que le rodea y hace de la experiencia algo compartido, fuera de dar temas de conversación. En el libro, sólo te comunicas con un hipotético escritor, que además es proyección del lector.

7. La lectura es intelectualmente activa. La tele, pasiva. De modo que leer supone un trabajo suplementario que hay que realizar en nuestras horas de relax y descanso.

8. Con su morbo, sexo y violencia, la tele está más cerca del gusto común y de los deseos inconfensables de los individuos, con lo que resulta una seductora y efectiva herramienta psicoterapéutica.

9. El libro es subjetivo. La programación televisiva es el producto de toda la sociedad y su manipulación por el mercado o la política acaba diseñando parrillas de mayor atractivo.

10. El libro sucede en la imaginación. La TV es real.

Y ya que estamos en faena, rememoremos a un gran hombre de letras:




Pasen buena semana.