Jam Session

Política, literatura, sociedad, música

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En plena incertidumbre general, y de la particular mejor no hablamos, tratando de no perder la sonrisa...

01 febrero 2010

Mariano

Escribo tras haber escuchado a Mariano Rajoy, en lo de Carlos Alsina. Creo, sinceramente, que el gallego no se siente cómodo en el formato entrevista. Yo pensaba que lo que le inquietaba eran las cámaras, los focos, saberse enmarcado por los ojos listos, codiciosos y entusiastas de millones de españoles en el interior de la caja tonta. Pero no. O, al menos, así lo he inferido hoy. Mariano empezó algo tenso y dubitativo, como si escuchar el irónico acento del dueño de La Brújula no le tranquilizase, no le evocara los dichos anfibológicos de su querido y vetusto pueblo gallego; y estuvo evasivo en alguna pregunta. Por ejemplo, no dejó nada claro que él no sea partidario de retrasar la edad de jubilación. Pero sí afirmó, en cambio, que él (y yo también) seguiría más allá de los 65. Y dejó caer, cosa curiosa donde las haya, que le gustaría implantar un modelo de jubilación voluntaria, al rebasar los 65, equiparable al de los funcionarios: propuesta cabal, juiciosa, razonable, y, por ello mismo, con ninguna o muy pocas posibilidades de llegar a buen puerto. No le gustó, fíjense ustedes qué tontería, qué ejemplo más tonto de picarse por un quítame allá esas pajas, que Alsina le preguntase por qué no le había invitado el señor Zapatero a la oración-desayuno en América. Contestando, sin mucho entusiasmo, que eso era cotilleo, cosa irrelevante, asunto poco serio; olvidando, precisamente, que Alsina lo serio lo enfoca en clave de humor, y, lo hilarante, en un marco serio y riguroso, como corresponde al correcto e inteligente diálogo que, cada tarde, desde la 20 horas, mantiene el excelso locutor con sus agradecidos oyentes, agudos tertulianos e ínclitos colaboradores. Por lo demás, Mariano estuvo decente. Y vino a decir que el señor Zapatero no hace bien sus deberes. No es un estudiante esforzado, brillante y aplicado. Y, por eso mismo, suspende sus exámenes. Esta triste comparación que les traigo no debería tener la menor importancia, por supuesto. Si no fuera porque aquí, la gran putada, es que todos dependemos de sus calificaciones.