Jam Session

Política, literatura, sociedad, música

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Lugar: León, Spain

En plena incertidumbre general, y de la particular mejor no hablamos, tratando de no perder la sonrisa...

01 diciembre 2010

Lo local, y lo universal

Nieva en la ciudad. Y, cosa curiosa, se pasea normalmente por sus aceras. Hay que dar las gracias, sobre todo, a los servicios municipales de limpieza. Y a quienes los dirigen y supervisan, por supuesto. No obstante, llama extraordinariamente la atención esa desacostumbrada diligencia. Pues en la última nevada había que desplazarse en esquís por los barrios. Los ancianos no salían de sus casas por miedo a caer y romperse las caderas. La gente se arremolinaba en torno a las ventanas para contemplar desde la distancia esos paisajes que tanto nos gustan de las postales. Y así durante varios días, oigan. Pero, en fin, ya digo que ahora sí que da gusto.

En los paseos junto al río, además de muchachas bonitas y perritos de complemento otoño-invierno, se observaba desde hacía mucho tiempo una pasarela que unía las dos orillas completamente en ruinas. La explicación técnica del despropósito se hallaba en las crecidas. Y la explicación humana de su deterioro y pleno abandono se encontraba en los crecidos. Ahora, los operarios municipales la han retirado. Y, salvo en el recuerdo, no han dejado vestigio alguno de posible negligencia. Ahora sí que da gusto, oigan.

El alcalde llevaba ya bastante tiempo sin dejarse caer por los barrios a desayunar con los vecinos y a hacerse alguna que otra foto. Más o menos, casi cuatro años. Oficialmente, este asombroso descuido se debía a que el señor alcalde tenía la agenda demasiado ocupada para atender a las sin duda importantísimas quejas que sus ciudadanos tenían que transmitirle. Pero ahora, cada semana, nuestro querido Paco se abraza con un vecindario distinto. Todos le quieren, le ríen las gracias y le dicen zalamerías por lo bajini al oído. Ahora sí que da gusto, oigan.

Cuando hace años la pandilla socialista tomó posesión del ayuntamiento leonés, aseguró que la ciudad tendría las fiestas que verdaderamente se merecía. Y efectivamente. Hay que reconocerlo. Pues cada año han sido peores. Sean las celebraciones de otoño, de primavera, de verano o de invierno. Un factor evidente, otros años, se apreciaba en las cutrísimas y obsoletas luces que adornaban las calles cuando llegaban las fechas de marras, y en la obscena dilación en la colocación de las mismas prácticamente en vísperas. La justificación del ayuntamiento era que dado el notable despilfarro del anterior equipo de gobierno había que ahorrar y apretarse el cinto: aunque por un lado la ciudad estuviese menos bonita, por el otro lo íbamos a notar favorablemente en nuestros bolsillos (je de je). Este año, en cambio, han puesto las luces (aunque sí, of course, aún no las han encendido) con más de un mes de antelación. Dando a entender que, en esta ocasión, no habrá demora en el encendido. Y, además, parecen razonablemente elegantes. Con lo que he observado a la gente leonesa como más feliz; aunque bueno, a lo mejor son sólo cosas mías. Ahora, sí que da gusto. Oigan.

Últimamente, los vecinos de esta ciudad tan risueña se habían quejado muy solemnemente al consistorio de que parecía que cada vez había menos aparcamientos en el centro, las zonas aledañas y los principales barrios. Y la rogativa se atendió, ¡faltaría más! Después de semanas de encierro del alcalde y todos sus concejales, sometidos a un régimen de concentración y reflexión sin parangón en la historia, e incluso perdiendo en tal lance alguno de sus miembros bastante pelo, llegaron a la novedosa y agudísima conclusión de que había que poner más parquímetros. A los vecinos mal pensados, pues hay de todo en la viña, que objetaron aquello del achuchamiento recaudatorio, se les contestó: ¿no querían más aparcamientos libres? Pues ahí los tienen, hombre. A nosotros… que nos registren. Ahora, sí que da gusto.

Desde luego, parece que hubiera elecciones cerca (salvo por esto último, claro).


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“Estoy harto de toparme con pantallas en todas partes, hasta en el bolsillo, y me niego a transformar mi biblioteca en un cibercafé. Con un libro electrónico, sea El Gatopardo o El perro de los Baskerville, no puedo anotar en sus márgenes, subrayar a lápiz, sobarlo con el uso, hacerlo envejecer a mi lado y entre mis manos, al ritmo de mi propia vida. No hay cuestas de Moyano, ni buquinistas del Sena, ni librerías como las de Luis Bardón, Guillermo Blázquez o Michele Polak donde los libros electrónicos puedan ocupar sus venerables estantes y cajones. Nada decora como un buen y viejo libro una casa, o una vida. Ninguna pantalla táctil huele como un Tofiño, un Laborde o un Quijote de la Academia, ni tampoco como un Tintín, un Astérix o un Corto Maltés al abrirlos por primera vez. Ninguna conserva la arena de la playa o la mancha de sangre que permiten evocar, años después, un momento de felicidad o un momento de horror que jalonaron tu vida. Y déjenme añadir algo. Si los libros de papel, bolsillo incluido, han de acabar siendo patrimonio exclusivo de una casta lectora mal vista por elitista y bibliófila, reivindico sin complejos el privilegio de pertenecer a ella. Que se mueran los feos. Y los tontos. Tengo casi treinta mil libros en casa; suficientes para resistir hasta la última bala. Quien crea que esa trinchera extraordinaria, su confortable compañía, la felicidad inmensa de acariciar lomos de piel o cartoné y hojear páginas de papel, pueden sustituirse por un chisme de plástico con un millón de libros electrónicos dentro, no tiene ni puta idea. Ni de qué es un lector, ni de qué es un libro”.

Arturo Pérez-Reverte. Perdón, don Arturo Pérez-Reverte.